13 dic 2025

Salamanca


 "Salamanca, que enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado". (Miguel de Cervantes, El licenciado Vidriera)



Salamanca era una cuenta pendiente, un espacio donde me abrí a la vida, un deambular por ella y por mi propia búsqueda de no sabía qué, pero donde por alguna extraña razón me encontraba a gusto. Quizá por su tamaño recogido y su aspecto antiguo, quizá por lo recio de sus gentes, o quizá por sus adormecedores, hipnóticos colores de otoño.




Día 1

Rodar por Castilla es rodar hacia el infinito. Uno navega en rectas sin fin, de manera que parece una sola, en dirección al indiscutible oeste, ese sol bajo que cada vez molesta más. Campos eternos a izquierda y derecha, y un rodar que sin querer se hace rápido. Cómo anda este bicho. 




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Era la calle Toro, una de las aledañas a la Plaza Mayor. En mi psique un pequeño grillo me recordaba que allí había una librería a la que fui, a la que fuimos porque alguien me enseñó lo que allí había y lo que solía hacer, ver libros, muchos libros por todas partes, en anaqueles y expositores, verticalmente y arremolinados, todos al alcance de la mano. Tenía la peregrina idea de regresar allá porque, después de algún pequeño éxito llevándome escondido algún pequeño ejemplar, en una segunda ocasión fui cazado y obligado a devolverlo, naturalmente, sin más castigo que un pequeño reproche y la expresión adusta del responsable. Quién sabe si en el fondo se compadecían de nosotros.

El empedrado ahora es un enlosado. Enormes losas rectangulares han sustituido a los viejos y más rústicos cantos, que a mi juicio tanto embellecían la calle.

Y esa peregrina idea, digo, era volver allí, intentar encontrarla (¿seguiría existiendo?) y decirles perdón, lo siento mucho, no volverá a ocurrir. Fui yo, no me he olvidado. Me acuerdo de lo que les hice, estoy arrepentido.

Pero no hay tal. Una vorágine humana camina apresurada entre las tiendas de grandes cadenas de moda que han colonizado las dos aceras de la calle. Están todas, me digo. En qué se ha convertido esto.




Sigo caminando, sigo buscando. Entretanto, entro en uno de los más nombrados lugares de la plaza donde me clavan 4 euros por una 1906. Con tapa incluida, eso sí.

Una vez me senté aquí fuera, en unas escaleras de piedra, junto al edificio del mercado. Había pasado la noche entera en la calle. No recuerdo la jornada como de juerga y borrachera, más bien de exploración. Aquella vez, así andaba meditando cuando de repente me di cuenta de que se había hecho de día. La diáfana claridad del amanecer me sorprendió al enseñarse por encima de los edificios de uno de los costados de la Plaza Mayor, y la verdad es que me impresionó. Fue todo un descubrimiento. Así que esto es. No estaba cansado, sólo, supongo, un poco frío y con esa sensación que luego se repitió tantas veces de cierto desamparo. Luego volví al redil de la rutina.


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Día 2

Tenía que dar una vuelta al tontódromo*.

Y bajar hacia los sitios por los que anduve, por donde paseé en tantas ocasiones mi frustración de estudiante fracasado, para decir aquí estoy yo. He vuelto y he sobrevivido.

Veo una pensión en la calle Meléndez, de camino al colegio mayor. Y me digo: parece limpia, modesta pero digna. ¿Por qué no me vendría aquí a vivir, y así escapar de los infames veteranos que tan mal nos lo hicieron pasar? Quizás aquí sirvieran comidas, quizá incluso te lavaran la ropa. ¿Sería más caro que el colegio? Entonces no estaba formado, no era maduro. No tenía conocimiento de nada. Apenas llamaba por teléfono -ni siquiera recuerdo si teníamos, sólo había que llamar en caso de emergencias-. Ya dejar Bilbao en ese largo, larguísimo recorrido había significado poner mucha tierra de por medio. Además, yo era el que había querido romper, ¿no?

Bajaba la calle Serranos, la que va a dar a la plaza donde estaba el colegio, absolutamente solo. Como entonces, pienso, hubiera o no hubiera gente. Ahora sí, con su viejo adoquinado. Cada rincón de esta zona es historia pura.

Ahí está mi colegio, ahí está mi ventana. Ahora el colegio es un centro de cursos internacionales de la Universidad de Salamanca.




Camino por la acera junto a lo que era una pista de atletismo. El seto apenas me deja ver, pero parece como si hubieran excavado y hallado ruinas valiosas, la zona está vallada y marcada. Lo llaman Parque arqueológico del Botánico.

Y al final, ahí está. Mi universidad. Aquí fui universitario. La fachada de la facultad de Ciencias Químicas sigue igual. Parece como si se me ofreciera. Me paro a fotografiarla, un gato negro cruza a mi espalda, un coche aparca justo a un metro de mí, bajan dos mujeres jóvenes con un niño y su conversación banal me saca de mis recuerdos. Al menos una de ellas me ha saludado.




Maldito profesor de Química, me digo. Todo lo duro de la universidad se tornó imposible con ese tipo que era idéntico a Saza, el actor José Sazatornil. Su dicción ininteligible hizo que lo duro y luego imposible deviniera kafkiano. No hubo manera de enfrentarlo, y a partir de ahí todo fue un vegetar sumido en la triste derrota. Qué sentido tenía. Aquel tipo daba nombre a mi carrera.

Me alejo de allí, quizás para siempre.

Me acordaba de que en la parte de atrás del edificio había un mirador sobre el río Tormes. Allí estaba, y el puente romano también. Al otro lado había una zona más decaída, de bajo estrato social y, decían, peligrosa. Parece cambiada. Cuarenta y seis años de intervalo han tenido que servir.




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Paseo del Rollo, 38-40. Cuando uno vuelve a un sitio después de cuarenta y tantos años, ¿por qué es? Aquí me acogieron, sentí la amistad de mi compañero Eugenio, siempre con una sonrisa. Me abrió su casa. Aquí descubrí el sonido de un auténtico equipo de alta fidelidad, de unos bafles grandes de los que emanaba un sonido bajo pero contundente, con una extraordinaria definición. Jamás había escuchado nada como aquello. Aquí vi por primera vez una aguja con punta de diamante posarse suavemente sobre el surco inicial de un disco, y ese chisporroteo mágico. 

Y llega la hora de los veladores. Esta mañana pasé por el café Novelty, en la Plaza Mayor. ¡El Novelty! ¡Pero si aquí pasé un montón de tardes con mis amigos! Es el equivalente al Iruña de Bilbao. Café clásico, mesas con mármol de otra época, una gran cristalera, espaciosidad y camareros que dan servicio en las mesas, como Dios manda. Estoy tentado de entrar, hago un amago, pero… había tomado café por la mañana en el desayuno y tenía mucho que andar, así que dejé que la puerta, que ya tenía entreabierta, se volviera a cerrar. Pero qué dos mesas junto al cristal.

La tarde era la despedida perfecta para el cierre de mi regreso, de este imaginario círculo que ha tardado tantos años en encontrar su principio. Pero tratar de encontrar un hueco en el Novelty a media tarde es como querer ir a celebrar el nuevo año a la Puerta del Sol, así que encuentro otro café en la calle Zamora, no tan glamuroso pero igualmente digno. Y con veladores.




No sé qué sentido ha tenido esta escapada. No sé ni siquiera si ha tenido sentido. Pero por qué ha de tener cada cosa su sentido. He venido, he rodado y he sentido. Y me voy para casa, más viejo, sin ya seguramente esa curiosidad por buscar algo en Salamanca que quizás hubiera dejado olvidado.





















* Llamábamos tontódromo al hecho de recorrer en sentido circular todo el perímetro de los soportales de la Plaza Mayor, sin otro fin que el del paseo y la charla.

24 oct 2025

Un plato de lentejas de 4000 euros

Cuando uno contempla la posibilidad de dar de baja su moto, la que (mucho o poco) ha sido su compañera de batallas, en la que ha puesto su confianza y en cierto modo a quien ha confiado también su vida al depender de su desenvolvimiento en carretera, sabe que puede romperse un vínculo que va más allá de la mera relación hombre-máquina. Porque estos artefactos nos han acompañado desde hace tanto tiempo que ya casi no recordamos la vida sin ellos, y creo yo que pensar en una vida sin ellos es aún más difícil, porque ves acercarse de verdad la senectud, la maldita amenaza de un tiempo que sabes que va a llegar, que no suele avisar y que lo va impregnado todo como un miasma de incapacitación. Y no quieres estar ahí. No todavía.


Si me deshago de mi moto me deshago también de mi alegría al rodar en la mañana por una carretera que va de Zamora a Valladolid, o baja por la Ruta de la Plata, o sube el puerto de La Granja o de Los Tornos recuperando entre 30 y 90 kilómetros por hora en tercera velocidad mientras me concentro en entrar mejor en la siguiente curva y decido si reducir o no. En recuperar mi habilidad si no perdida al menos un poco oxidada. También renuncio al placer de sentirme libre mientras lucho contra el viento frío de la mañana yendo a 130 sostenidos en una autovía o autopista, viendo pasar kilómetros y kilómetros y resistiendo la tentación de parar en la siguiente gasolinera, a ver si llego a las dos horas desde la última parada.

Si me quedo sin moto no podré conocer -al menos no de igual modo- los acantilados de Moher pero tampoco las puestas de sol del Golfo Norte, en Barrika. No me cabrá la satisfacción de haber llegado con bien a un hotel en Sabiñánigo a última hora de la tarde tras muchas horas de carretera y curvas, con mi mujer satisfecha y contenta de lo visto y lo vivido, mientras torpemente trato de desempacar nuestras bolsas de las maletas y guardo mi fiel amiga hasta nuestro próximo y deseado encuentro del día siguiente. No podré compartir reuniones lúdicas con las personas que más quiero y que sé que están viviendo casi exactamente lo mismo que yo, experiencia deleitosa común que no hace falta explicar sino disfrutarla.

Y ahora tengo que ponerle precio a todo eso. Al occiso disfrute, a la velada amenaza de mi declive físico y a la renuncia de los buenos momentos al final de etapas emocionantes. ¿Vale ese plato de lentejas 4.000 euros?