Yusuf no entiende ni papa de castellano. Ni de inglés. Yusuf es nuestro conductor. En Turquía hay diferentes categorías de conductor. Decir chófer es rebajarlo a la clase de meros transportistas de mercancías. Pero él es capitán. En Turquía los chóferes de autobuses se llaman capitán.
Yusuf siempre sonríe. Va con una inmaculada camisa blanca y un sufrido pantalón negro, conduciendo con incierta pericia su Isuzu de tamaño mediano con el que nos lleva de aquí para allá. El autobús tiene cierto brío, navega con solvencia por entre el tráfico turco moviéndose con soltura, que no con elegancia, porque es un autobús compacto, cuadradote y feo. Pero tiene su dignidad.
Un par de veces, Yusuf ha pecado de demasiado optimista a la hora de incorporarse a la carretera. Ha debido suponer que no venía nadie, o que el que venía daba por hecho que lo haría dándole el suficiente margen. Pero no, y ha tenido que frenar un poco bruscamente. Aquí me doy cuenta de que impera la ley del más fuerte. En ocasiones entran tres vehículos a la vez en el espacio por el que sólo se puede pasar de uno en uno, así que de esos tres hay dos que tienen que frenar. Y lo hacen tarde, muy tarde a veces.
Pero eso es lo que vi en Ankara. Ankara es una ciudad tan grande como Madrid, al menos por número de habitantes. Ahora estamos fuera, nos hemos ido. Seguimos visitando lugares, y Yusuf sigue conduciendo sonriendo dentro de su camisa blanca. En algunas paradas le vienen a visitar gatos (En Turquía es normal que haya gatos y perros sueltos), y Yusuf tiene preparada para ellos, en un compartimento especial, una bolsa con comida. Todos nos quedamos mirando cómo les da de comer, cómo mayan agradecidos, los gatos.
Yusuf no deja de sonreír.
