26 jun 2008

Un día fui ciclista

(Crónica de la Quebrantahuesos del 21 de junio de 2008) Pues sí. Fui ciclista por un día. La sensación que se experimenta al rodar en grupo, al circular veloz dentro de un pelotón que te arropa y te empuja sin tú verlo, se hace más gratificante al saberte protagonista de todo cuanto sucede en ese gran acontecimiento que es la Quebrantahuesos, la marcha por excelencia del calendario cicloturista español, donde todo está por ti: carreteras libres, gendarmería española y francesa, cruces regulados, curvas vigiladas, asistencia técnica y sanitaria, avituallamientos abundantes… y gente en las cunetas. Esto era nuevo, o casi, después de algún goteo inesperado en los Lagos de Covadonga. Pero en este caso esa impresión se incrementó, primero en Somport, al final, y en mayor medida en los kilómetros finales del Portalet.
Pero no adelantemos acontecimientos.
 
La Quebrantahuesos es la expresión máxima de lo que un tipo normal como yo es capaz de hacer encima de una bicicleta. O eso pensaba. Y, por tanto, desde aquel Primero de Mayo de 2007 en que tomé la firme determinación de acometer esta aventura, toda mi preparación: la de 2007 con la Perico Delgado y la de 2008 ha ido encaminada a llegar todo lo a punto de lo que he sido capaz teniendo en cuenta mi entorno laboral y familiar; desde entonces han sido muchas las salidas, algunas de ellas en compañía y otras muchas en solitario, tratando de superar crecientes dificultades montañosas, kilometrajes gradualmente mayores, y número de horas también en aumento. En total más de seis mil kilómetros sobre un minúsculo sillín, disfrutando a veces, sufriendo otras, sintiéndome diferente la mayor parte de ellas; diferente al mundo, diferente al resto de los mortales –salvo unos pocos chiflados como yo-, sólo porque subo por una carretera para volver a bajarla por el otro lado; porque prefiero evadirme por horas en vez de estar con los míos, con otra gente, haciendo cosas que hace todo el mundo: sale en cuadrilla, se reúne para charlar, toma bebidas y ríe, una y otra vez. Como yo. Una y otra vez.

Así, vienen a mi memoria ahora el descubrimiento de puertos como el durísimo Bikotxgane, el redescubrir Sollube hasta la antena, que no visitaba desde mis tiempos mozos con mi Bultaco Streaker; puertos largos y tendidos como la Palombera, que me llevó a Alto Campoo y al Pico Tres Mares. Alisas, que se convirtió en puerto de paso y ya no un fin en sí mismo, como al principio. Urkiola, siempre un duro test para saber cómo andaba. Volví a Orduña después de seis años. También, en lo que supuso un antes y un después en mi modo de ver las salidas cicloturistas, una afortunadísima ocurrencia de uno de mis colegas nos llevó por primera vez a los Pirineos franceses, lo que me abrió los ojos y me hizo ver que los Pirineos son diferentes, mucho más escarpados, al norte que al sur de la frontera. Vi Larrau, que subí por el lado fácil, y lo bajé por el lado que más me hizo frenar jamás en una cuesta; conocí la Piedra de San Martín, enorme dificultad que conseguí superar no sin esfuerzo en un día luminoso y frío por momentos. Superé desniveles de más de mil metros en un día. Conocí la alta montaña. Y, una vez más, interioricé que La Montaña hay veces que te permite remontarla, y otras que no. Entre éstas citaré a Lunada, que se junta ahora a los malditos Marie Blanque y Portalet. Tres veces lo he subido, y las tres me ha hecho padecer. A los Lagos de Covadonga. A la corta pero empinadísima subida a Peña Cabarga, a la que quería volver pero ahora no sé si quiero.

Pero antes conocí también cerca de casa al monte Argalario, muy exigente por momentos pero monte amigo al fin y al cabo; también el Portillo de la Sía, al que ascendí por el collado del Asón, largo e irregular, y también por el paradisíaco lado del Valle de Soba, un verdadero descubrimiento, un trocito del jardín del Edén como titulé después de mi salida de julio pasado.
Hice jornadas maratonianas como la de Estacas de Trueba, con El Asón y La Sía, La Braguía y el durísimo El Campillo, para acabar muerto sin poder con el 30x28 en Alisas y poder dejarme caer hasta Arredondo donde tenía el coche, en lo que Iván Santurde calificó de “etapa Tour”.
Visité más regularmente collados de menos enjundia pero no menos atractivos, como Fuente Las Varas, Seña, Las Muñecas o La Escrita, volviendo por el fenomenal recorrido que lleva a Guriezo cuesta abajo.

En fin, para qué enumerarlos todos. Por fin, ya este año, quise más. Y me aventuré, nos aventuramos los amigos de este grupo que se va convirtiendo en algo más que simples txirrindularis que comparten afición, a conocer el Tourmalet. Era un objetivo mítico, algo que dejaría huella para el resto de nuestras vidas. Después de haber podido con la Piedra de San Martín por Santa Engracia no debíamos tener miedo, aunque sí todos los respetos. Y la montaña nos dejó. Tan satisfecho quedé que no noté casi el frío de la bajada, que quise más y probé a subir Luz Ardiden, que a pesar de lloverme al volver quise completar ciento cincuenta kilómetros para decir: estoy listo.

La preparación fue correcta. No digo perfecta, pero sí muy correcta.
Y me presenté el día esperado, el día por el que me había sacrificado durante más de un año, con privaciones e hipotecando tiempo de ocio, de otro ocio quiero decir, tiempo compartido, me presenté, digo, con otro compañero: un chaval veinte años más joven que yo y que al poco de conocer pude vislumbrar en él su pasión por el ciclismo, su gran conocimiento de la historia reciente de las grandes vueltas y los grandes corredores, y su conflicto entre los mundanos placeres de las noches plácidas de conciertos –es músico- y charlas amigables sin otro objetivo que el estar a gusto, y la espartana disciplina del entrenamiento y las salidas dominicales a temprana hora. Con todo, fue capaz de reunir 1.800 kilómetros y armarse de valor para encarar el gigantesco reto. Compartiríamos ruta mientras fuera lógico fluir así; el resto sin ataduras. Era mejor así para ambos.

Y llegó el día. Radiante día, que a las siete de la mañana prometía todo lo bueno que puede dar un día limpio en pleno Pirineo, adentrándote en la naturaleza aunque sea por carretera. Únicamente tuvimos que tomar la precaución de darnos crema solar previendo temperaturas más elevadas a medida que fuera avanzando el día, como así fue.
La salida, muy bien organizada, trataba de encauzar las nueve o diez mil bicicletas que, entre Quebrantahuesos y Treparriscos, confluíamos a la misma hora y el mismo lugar, el polígono industrial situado a la entrada de Sabiñánigo. Pacientemente esperamos después de oír el chupinazo de salida, que cual San Fermín echaron a las 7:33 de la mañana.

Nosotros pasamos a las 8 por meta y comenzó la parte más maravillosa de toda la marcha: ritmo alegre, conversación amiga, optimismo a borbotones y un día luminoso y prometedor. Íbamos con toda la ilusión del mundo disfrutando como enanos y esperando pasarlo igual de bien durante todo el resto del día.

No quiero extenderme demasiado. Os diré que era raro para mí enfrentarme a un puerto tan larguísimo aunque de incierta dureza -Somport- que todos catalogaban como llevadero; sin embargo, de vez en cuando te sorprendía con una rampa de cierta exigencia y convenía no empeñarse demasiado.

Con el paso de los kilómetros, y tras aprovechar un pequeño recodo para hacer aguas menores, fui haciendo kilómetros. A mi marcheta, fui dejando pasar el tiempo y acercarse la cima. Antes, el primer avituallamiento, donde no paré por parecerme demasiado pronto e ir bien surtido de comida y bebida. Creo recordar que al pie de Somport llevábamos como 30 km/h de promedio, que bajaron a 25 en Somport y subieron nuevamente a 28 al terminar la bajada, justo antes de tomar el desvío hacia Escot, donde poco después comienza el ascenso al Marie-Blanque.

La bajada de Somport fue espectacular, peligrosa en un principio pero estábamos advertidos. Primero es un tramo de asfalto no demasiado limpio con curvas enlazadas, algunas peligrosas, y pendientes de consideración. Tras unos primeros kilómetros así, en los que en un momento dado vimos a un participante tirado en medio de la calzada que estaba siendo atendido por otros de manera apresurada; se originó una situación de cierto riesgo. El caído tenía los ojos cerrados y la cara un poco ensangrentada. Todos nos asustamos un poco y quien más quien menos seguro que se hizo la reflexión de que no valía la pena arriesgar para que te pueda pasar eso.
Sin embargo, al llegar a una zona más abierta en la que la carretera confluía con otra de mayor anchura y firme más liso, la sensación de peligro desapareció y pronto nos juntamos un pelotón que circuló a velocidad endiablada, ya que la bajada era larguísima y era fácil mantenerse en ese grupo. Ahí recuperamos buen promedio, sin duda, y fue un tramo también muy gratificante.

Pero todo lo bueno acaba, y nos presentamos en el desvío de Escot, claramente visible por pasar a una carretera más estrecha y peor asfaltada. Un letrero nos avisaba claramente de que era el acceso al Col de la Marie-Blanque, y el inicio era suave, tranquilo, por entre zonas rurales y pendientes no muy pronunciadas. El calor empezaba a hacerse notar. De pronto, veo un señor con una manguera en la mano, en su caserío, sirviendo agua ininterrumpidamente a los corredores que se acercaban con sus bidones vacíos. Me llamó la atención lo entre resignada y convencida de la expresión de su cara, era calvo, grande y grueso, y estaba desnudo de cintura para arriba. Parecía el presentador de una actuación de circo.

De pronto, la carretera bucólica se transforma en una pendiente dura. El reguero de corredores ocupa todo el ancho de la calzada, aunque parece querer enfilarse. Enseguida las respiraciones se empiezan a entrecortar, las conversaciones a terminar, las pieles a sudar. Mis jadeos se juntan con los de los demás. Noto un verdadero alivio cuando, tras notar que no es normal que vaya tan atrancado, tengo una corona por meter. ¡Menos mal! Pero aun así, mi 34x27 parece no bastar. Veo que llevo una cadencia lamentable, por debajo de 50 pedaladas por minuto. Empiezo a sudar de lo lindo y trato de, entre jadeo y jadeo, ir metiendo más líquido al cuerpo. Con todo, pienso que hay gente que va peor y en algunos casos eso se demuestra en que muchos van echando pie a tierra, cogiendo sin rubor la bici por el centro del manillar y disponiéndose a completar la ascensión andando. Yo lo voy llevando cada vez peor. La tremenda dureza del puerto, que me parece una salvajada, se alía con el calor y con la falta de aire al haber tanto arbolado… (luego supe que por ahí hacía unos 34º), todo ello hizo que me empezara a pasar por la cabeza la idea de no poder llegar sin poner pie a tierra. ¿Pero no quedábamos en que Bikotxgane era parecido? Pues no. Nada que ver. Este puerto es un cabrón. Realmente me pregunté qué necesidad tenía de pasar por eso.
Subida del Marie-Blanque

En esa lucha estaba cuando de repente, un tío que estaba en la cuneta izquierda grita si alguien lleva un tronchacadenas. No me lo pienso y paro. El caso es que me vino de perlas. Era más o menos en el km. 1,5 de los 4 duros. Después de un cuarto de hora aproximadamente de descansillo, y solucionado el problema de la cadena rota del agradecidísimo colega (el agradecido igual debía ser yo), reemprendí la subida y, a chepazo limpio, armado de paciencia, a 40 pedaladas por minuto, a 6,5 km/h y sudando a mares, conseguí llegar arriba sin volver a pisar suelo. Pero ¡qué reguero de gente andando!

Arriba llegué ya con la doble sensación de haber superado la primera gran dificultad –sin menospreciar a Somport- y de haberme dejado algo importante en el intento. Mi filosofía era que para ese momento llevaría más o menos la mitad del recorrido hecho, y todo lo que viniera por añadidura sería un regalo.

En la cima hay algo de charanga, no mucho pero sí alguna animación. Ciclistas parados esperando a compañeros, supongo, gente pasando el día, algún odioso sonido de dulzaina –otra vez… me persigue-. Me dispongo a empezar la bajada cuando veo la señal de la cima, y sin dudarlo me paro ya que el trofeo bien vale una foto.






















La bici blanca no es la mía; la mía está medio tirada…

Y comienzo el descenso pensando ya en alimentarme todo lo que pueda. Ya no importaba mucho casi nada, quiero decir que si mínimamente tenía interiorizada la posibilidad de hacer un buen tiempo, las circunstancias y el no encontrarme bien hacían que eso no tuviera ya importancia. Así que me apresté a hacer acopio de bocadillos, fruta y líquido fresco y me senté en una pequeña ladera junto a la cuneta para comer y beber tranquilo, mientras de reojo me iba fijando en la gente que iba llegando, por si aparecía Mikel.
Pero no. Así que cuando estuve más o menos listo, cogí la burra y me fui para abajo. El calor creo que había hecho mella en mi organismo, porque no me encontré a gusto ya el resto del día. Así que, resignado, me dejé caer cuesta abajo, una bonita bajada por cierto, con tramos de bastante pendiente que luego mirando las cifras no se parecen a lo que habíamos subido, son de menos dureza.
Llegamos a un pueblo y ahí giramos 90 grados a la derecha en dirección hacia España; voy viendo si me puedo ir juntando con más gente para ir más protegido (y es que en esta marcha lo que hay de sobra es gente) y trato de fijarme en el desvío hacia el Aubisque, ya que algún día, me digo, me gustaría hacerlo. Hacía quince días que mis amigos lo subieron pero por el otro lado, por el Soulor. Fue el mismo fin de semana del Tourmalet, cuando yo no quise permanecer un día más con ellos porque era el cumpleaños de mi hijo Alvaro y porque ya me había extenuado el día anterior.

Veo Eaux Bonnes, no recuerdo si el pueblo que debía ver era Eaux Chaudes, pero me quedo con la copla. El desvío está ahí. Otra vez será.

En un pueblo paro a vaciar el bolsillo izquierdo de mi maillot, convertido en una improvisada papelera; envoltorios de barritas, incluso peladuras de naranja, que me resisto a tirar como debería ser el comportamiento lógico de todo el mundo. Pero es increíble la de gente que se cree que porque lo ve hacer a los profesionales igual se contagian de ese “profesionalismo” que da el tirar basura.

Y comienza la ascensión al Portalet. Kilómetro 126 más o menos. O sea que para el 154 arriba. Agamenón. Paciencia y buena letra. Mentalización a tope. La primera mitad más o menos bien, regulando y mentalizado a dejar pasar el tiempo y los kilómetros, confiado en el fondo que supuestamente tenía y en que la preparación había sido la adecuada. Y así creo que fue, pero ese maldito calor hizo que todo se viniera abajo. Es curioso cómo un día como el del Tourmalet todo funciona y al de poco todo cambia...

Estas dos fotos están sacadas en el mismo lugar, mirando hacia lugares opuestos. Más o menos a falta de ¿5? ¿7? Kilómetros para llegar a la cima del Portalet.

Los paisajes eran preciosos; el deshielo hacía que los manantiales fluyeran con toda su fuerza y su frescor; se veían riachuelos con unos caudales impresionantes… da que pensar. Parece como si las pendientes pirenaicas favorecieran al lado francés a la hora de crear recursos hídricos… no me hagáis caso, seguramente será una estupidez. El Portalet no tiene kilómetros de especial dureza, salvo alguno muy puntual al 8%, creo recordar. Pero te mata. Su tremenda longitud, unida a la paliza que llevas, hace que tengas que ir con todos los hierros metidos casi desde el inicio. O al menos eso me pasó a mí. Imagino que a la gente mejor preparada o con más experiencia no le pilló de sorpresa o tuvo un mejor día. No conseguí ir a gusto en ningún momento en esa montaña maldita, y paré al menos cuatro o cinco veces, sobre todo a rellenar los bidones, ya que aunque no estuvieran vacíos del todo sí estaban caldeados. O a refrescarme directamente en alguno de los manantiales naturales que se formaban en las cunetas, donde revivía por unos instantes antes de reemprender la fatigosa ascensión. De pronto hay una presa, cuyo nombre no recuerdo, donde hay dos kilómetros muy suaves, un descanso que te hace recuperarte. Gracias. ¿Gente? Sí, pero tampoco era una etapa del Tour como me lo habían pintado. O tal vez ya se había ido la mayoría. Un poco más adelante de por donde transitaba yo, oí un comentario de un voluntario de carrera que decía que los primeros habían pasado hacía ¡tres horas y cuarto! por ese punto. Y qué.

Al aproximarnos a la zona de arriba del todo la situación se vuelve a endurecer, y entonces sí que se va notando la mayor presencia de público, que, eso sí, se desvive por animarte, ofrecerte bebida porque sí, en algún caso hasta una bolsa de plástico agujereada con agua y la sostiene a la altura perfecta para que pases por debajo del chorro, y pasas, claro. Increíble. Son mayoría los aficionados vascos que hablan en vasco, con gritos como eutsi! y otros que no entiendo. A las chicas se les dedica la mayor atención y los mejores elogios. Aupa neska! Poco a poco todo esa emoción acumulada me va tocando, a la vez que veo que el tremendo desgaste va llegando a su fin; me doy cuenta de que estoy en los dos últimos kilómetros. La pendiente parece suavizar ¿o son las alas que dan los ánimos? Vuelvo a emocionarme, siento vergüenza de que vean lágrimas asomar por debajo de mis gafas. Sigo enrabietado subiendo las últimas rampas. Por fin corono. Durante la bajada hacia Formigal, allí cerca, tenía un cierto sentimiento de contradicción, entre la motivación por conseguir el reto y el pequeño fracaso de que la prueba había podido contigo. A esas alturas ya tenía claro que no volvería. Paré en un nuevo avituallamiento que había en un parking y sigo la bajada. La bici se embala. Pero no ha terminado la dureza, ya que la Hoz de Jaca nos espera. Dos kilómetros y doscientos metros de desnivel. La trampa para los no advertidos. ¿Pero qué quieren que hagamos después de lo que nos han hecho pasar? ¿Lo harán para que se te quite la idea de la cabeza de querer volver? Lo que tengo claro es que lo de hoy no es ninguna broma. Hemos sometido al organismo a una dura prueba. Al final me dijeron que algunos lo pagaron, que hubo varias asistencias con suero, algún retirado vomitando a escasos kilómetros de meta a quien una voluntaria quitó el chip de su tobillo, lo pasó por el detector de meta y se lo volvió a poner… Llega un desvío a la izquierda, llegamos al pantano de Panticosa. Lo vamos bordeando, de momento tranquilos. Nuevamente, la carretera estrecha y mal asfaltada. Un poco de sombra a ratos. Pasamos por el medio de un pueblo con su calle principal embaldosada, la bici da brincos. Sólo nos faltaba el pavés. Seguimos. Le pregunto a un participante atípico, con indumentaria poco sospechosa de pijerío pero musculado a tope y expresión de determinación como para ir al Kilimanjaro después de acabar, si pronto empieza el puerto. Me dice: después de una curva a la izquierda. Bien. Qué mas da. Llega la curva. Y la cuesta, la subida, la pendiente nuevamente al diez, o al once. Algo así. Esto es una hijoputez. Otra vez chepazos, otra vez aguantar. Pero ahora, no sé por qué, no me importaba mucho.

Arriba había avituallamiento líquido. No sé lo que he podido llegar a beber. Maestre me dijo después algo así como que “si no sabes beber…” me va a tener que explicar eso más despacio. Salimos de la trampa. Después de un túnel enlazamos nuevamente con la general y busco un amigo, busco un pelotón. Un grupo de una misma sociedad nos pasa como locomotoras camino de Biescas, y varios nos unimos sin rubor. Leña al mono. A pesar del kilometraje acumulado, más de 180 kilómetros ya. Alguno se mosquea porque nadie pasa al relevo –hay gente pa tó- y la cosa se para, luego vuelve a arrancar… pero son avatares ni siquiera dignos de mención. Ya sólo queda llegar y ser uno más de los héroes. Héroes de nada, locos insensatos pero héroes. Yo hice mi entrada a las cinco y dieciocho minutos de la tarde, y me certificaron 9 horas 24 minutos y 38 segundos en el diploma. Mikel llegó una hora y cuarto después, aunque debió terminar bastante más fresco ya que tiraba como un poseso de su pelotón en los kilómetros finales entre Biescas y Sabiñánigo. Había parado en Marie-Blanque, subiéndolo a pie, y esas fuerzas que reservó le hicieron empujar al final. Un diez para él por haber triunfado también. 

Creo que he llegado hasta donde puede llegar dando pedales un tipo como yo. Más bien bajito, culigordo y con las piernas más diseñadas para sacar córners que para subir duras pendientes. Nunca podré ser un escalador, lo tengo asumido. Pero, a pesar de eso, con mi determinación he podido subir (¿qué más da a qué velocidad?) colosos como Lagos de Covadonga, la Piedra de San Martín o el Tourmalet. Puertos largos como el Portalet y durísimos como el Marie Blanque. He hecho etapas de 150 y de 200 kilómetros. He compartido momentos inolvidables, he respirado aire y sol y energía, me he empapado de cálidas tardes de verano, he sudado la gota gorda a veces sintiendo cómo me hacía bien, y he tiritado sobre la bicicleta. Y todo sin un por qué. Todo por un por qué no. 

Quebrantahuesos. Su emblema es el de un pájaro, pero su perfil montañoso es el dibujo de un murciélago con las alas desplegadas. ¿Murciélago o vampiro? Mi paso por su vida me chupó la sangre. Ahora me recupero del esfuerzo, y quiero disfrutar de la bici en salidas menos exigentes y más lúdicas.

Pero un día lo intenté. Un día fui ciclista.

19 may 2008

Clásica Lagos de Covadonga 2008



CLÁSICA LAGOS DE COVADONGA 2008



Cangas de Onís, 17 de mayo de 2008

Me presenté en la salida en un día brumoso, con temperatura fresca pero no fría, después de un viaje de 220 kilómetros hechos en coche esa misma mañana tras pegarme un madrugón y haberme levantado a las 5 de la mañana. Me dirigí al polideportivo, donde habían habilitado perfectamente las mesas según dorsales, federados o no, etc.

En cuanto me inscribí y me dieron el obsequio de la organización, un magnífico juego de dos botellas de sidra con su correspondiente vaso para ser escanciada debidamente, me fui para el coche a fin de ir a un sitio menos concurrido donde poder desayunar a gusto y posteriormente vestirme. Me había fijado en un bar-restaurante que resultó también ser hostal, unos dos kilómetros antes de llegar al pueblo, con su aparcamiento, que me pareció perfecto. Así que allá que me fui. Cafecito, tres sobaos pequeños, la meada del miedo y a vestirme. Decido que voy a ir de corto pero con manguitos. El día promete.

Voy suave suave tras ligeros estiramientos y aplicarme la crema calentadora que nos dieron de propaganda, la carretera de acceso está permanentemente ocupada por ciclistas que se van aproximando al punto de partida. Cuando llego al centro, inmediatamente reparo en el puente romano sobre el que cuelga la Cruz de la Victoria (monumento histórico-artístico),



donde me paro a sacarme la consabida foto de recuerdo, aprovechando la presencia contemplativa de dos paisanos vestidos de pescadores, todo de verde, con quienes trabo una afable conversación. Es sintomático que siempre que vengo a Asturias me encuentro muy a gusto, me identifico mucho con su forma de ser, por lo general abierta, generosa y noble. Buena gente.

La salida está abarrotadísima. Debo bordear la calle principal por otras adyacentes hasta que encuentro un hueco para acceder a la salida, en las últimas unidades del pelotón, a la espera de que se dé la salida oficial. Al pasar por un lateral, creo divisar a Melchor Mauri entre los que están en primera fila; a Olano no le vi (tampoco veo muy bien, todo hay que decirlo), aunque era el homenajeado del día.

Con un poco de demora, por fin emprendemos la marcha. Pronto observo que cogemos gran velocidad y tengo que meter el plato grante, a pesar de que me gusta ir ligero de pedaleo al empezar, con el pequeño. Pero ¡enseguida nos pusimos a más de treinta!

De todos modos el ritmo era relativamente fácil de llevar, el gran pelotón que se había formado se mantuvo bastante íntegro –salvo los primeros, que se fueron a toda velocidad- y eso provocaba un movimiento de succión que te hacía ir muy fácil sin mucho esfuerzo. ¡Qué gozada!

La mayor complicación era estar pendiente de la rueda del de delante, no hacer movimientos bruscos y mantener tu posición para evitar riesgos; alguno que no obraba así me ahuyentaba y hacía que me fuera a zonas menos arriesgadas. Total, como iba solo la ventaja era que no tenía que estar pendiente de nadie ;-)

El día era agradable, sin apenas viento o ligeramente favorable. Transitamos por algunas largas rectas siempre protegidos por la Guardia Civil y los cruces perfectamente señalizados –un 10 para la organización- y había tramos, como cuando bordeábamos la desembocadura del río Sella camino de Ribadesella, verdaderamente preciosos.

En un pis-pás nos pusimos en Ribadesella. Yo iba disfrutando de lo lindo, alucinado porque a 110 pulsaciones iba a 35 ó incluso ¡a 40 por hora! A este ritmo nos íbamos a poner echando betún en el primer puerto.

Desde Ribadesella hasta Llanes hay 28 kilómetros y los hicimos en 55 minutos. Por el camino habían dispuesto el primer avituallamiento, donde no paré porque no necesitaba aún ni comer ni beber, aunque sí hice una paradilla un pelín más adelante para hacer aguas menores. De inmediato me incorporé y, aunque el pelotón ya se había ido disgregando, pronto nos reunimos otro grupo importante. Seguimos con la misma rutina; cómodo a rueda y sin aventurarme a pasar a las primeras unidades, a pesar de que, en ocasiones, los que van en cabeza aflojan claramente como invitando a otros a relevarles, o bien dando a entender que no pretenden ir rápido sino cómodos. Así que esto es una grupeta… a veces, se aceleraba, a veces se calmaba.

Así llegamos a Llanes. Tras un rápido paso por entre calles, nos metieron por una carreterucha estrecha que parecía ser el acceso a algunos barrios de las afueras. Pronto vimos boñigas varias en la calzada, y todo indicaba –también lo callada que empezaba a ir la gente, como si se anunciara una pronta complicación de la cosa- que se acababa lo bueno. Pues nada, tranquilidad. Alguien pregunta a un paisano que si “es muy duro esto”, y el hombre contesta: “ya lo verás, ya…” Resulta que estamos en las estribaciones del primer puerto del día. La Tornería. Al principio, la aproximación es suave, seguimos por un bucólico paraje de animales, vegetación y asfalto manchado de marrón. Pero cuando empezamos a ascender de verdad… huy. Han dispuesto carteles señalizadores del porcentaje de los kilómetros que vamos afrontando: 8,5%, 9%, 7,5%... ¡12,2%! ¡Caray, esto sí que es duro! Hay que meter todo el desarrollo y encima tomárselo con mucha calma, ya que hay que reservar fuerzas para el final. En cualquier caso, veo que paso con naturalidad a bastante gente, lo cual me anima. Debe ser que los sacrificios con la cuchara y la mejora en la báscula tienen estas fenomenales consecuencias.

En la parte alta se tiene una vista preciosísima de la costa. Bueno, por fin coronamos y bajamos con mucho cuidado, ya que la carretera sigue siendo estrecha y hay que tomar muchas precauciones. Sigue habiendo bastante gente y no puedo aprovechar para ganar posiciones porque no hay sitio para pasar con comodidad. No importa, la seguridad mía y de los demás es lo primero.

Las zonas peligrosas de la bajada están perfectamente anunciadas; incluso se nos advierte personalmente por un voluntario de la llegada de una zona muy irregular que atravesaba de lado a lado la calzada con un escalón importante y hay que frenar hasta casi parar. ¡Bien! otra vez por la organización.

Tras la bajada desembocamos en una carretera de más entidad, entrando en un tramo de toboganes, o más bien de subida diría yo, subida no muy pendiente pero sí constante, en lo que parece ser la segunda dificultad montañosa del día. Se va haciendo con constancia, en esta ocasión no hay rampas muy pronunciadas y los kilómetros no pasan tan lentamente como en el puerto anterior, y arriba del puerto hay dispuesto un nuevo avituallamiento. En esta ocasión se produce una aglomeración que hace que deba aprovisionarme con rapidez de algo de comida –un plátano, un higo o algo así y bebida, que ya iba seco-. Había comido lo suficiente con las barritas que llevaba a cuestas, así que no eché de menos más alimento.

Tiro para abajo siempre pendiente de poder ir acompañado, ya que nos resta el tramo de enlace hasta Covadonga, donde empezará la última y definitiva ascensión, el “leit motiv” de la jornada. En el grupo donde me metí se fue haciendo más y más numeroso, entre los que íbamos pillando y los que nos cogían por detrás, particularmente tres unidades del Club Ciclista Segoviano que hicieron un alarde de fuerza en ese tramo, junto con algún otro ciclista que no pude identificar, poniéndose a tirar de un ya numerosísimo pelotón sin dejar la cabeza. Otra vez a 35 por hora.

Casi antes de llegar a Covadonga alcanzamos a otro grupo muy muy numeroso, y la gran mayoría se quedó, frenando literalmente, parece ser que en espera de que llegara el gran momento. Sabían lo que les venía. Yo, por mi parte, hice un poco el canelo al adelantarme por la izquierda debido a la inercia que traía, y aunque no forcé en exceso quizás no debí malgastar ni un gramo de fuerza en esos dos o tres últimos kilómetros antes de llegar a la “santina”.

Al pie del comienzo del puerto había, en un aparcamiento, la última zona de avituallamiento líquido. Yo tenía bastante, así que me tiré para adelante. Allí mismo había un control de paso, una especie de tablón por el que había que pasar a fin de que quedara registrado tu paso por medio de un lector de chips, y es que cada uno llevábamos el correspondiente artilugio instalado donde mejor nos pareció. En mi caso llevaba una abrazadera adosada a mi brazo izquierdo, y la cosa es que no pitó el dispositivo a mi paso, lo cual me extrañó. Pero no iba a dar media vuelta, así que seguí un poco ansioso por empezar de una vez la afamada y temible ascensión a Los Lagos. Miré el ciclocomputador por curiosidad para ver qué media llevaba hasta ese momento, ya que indefectiblemente a partir de ese momento bajaría y mucho, y vi ¡28,4!

Pues nada, paciencia y a por ello. Tenía la idea de que la primera rampa ya era muy dura, y sin embargo no me lo pareció. Metí, eso sí, todo lo que llevaba (34x27) y fui poco a poco, a mi ritmo, subiendo y disfrutando del paradisíaco paisaje por el que discurre la subida. Al principio sombreado ya que vas protegido por los árboles, preciosos árboles por cierto. Más adelante sigues igual, suave suave a 9 ó 10 por hora, dejando pasar los tramos, que se van haciendo amenos por otra parte. Paso a algunos, otros vienen por la izquierda y me pasan. Pero menos, o eso me parece.

Estoy algo ansioso y me digo que debo solamente seguir sin pensar en cuándo llegaré. Sé que puedo estar más de una hora (¿pero cuánto más?) subiendo ese dichoso puerto, así que mejor que me haga a la idea de que voy a sufrir y se me va a hacer largo.

Pues, como digo, al principio fue como un puerto más o menos normal aunque subía lógicamente despacio. ¡No soy un “grimpeur”!

Y así más o menos hasta mitad del puerto. Los kilómetros van pasando, también precedidos por los carteles anunciadores del porcentaje que nos espera, pero siempre por debajo del 10%. La gente ya va haciendo alusiones a “la huesera”. Que si faltará mucho, que ya veréis –los que ya habían subido alguna vez-, que si está detrás de aquello de allí…

Hasta que, ay amigos. De repente se ve como un cuchillo plano doblado por la mitad, pero con forma de carretera. Es como si fuera una rampa de lanzamiento de misiles. Tú vas a tus 9 ó 10 por hora y te das cuenta de que vas a llegar a esa impresionante e inacabable pendiente. ¿Cómo cojones voy a subir eso? No queda más remedio que llegar y, bien de pie, bien sentado a ratos, ir pedaleando muy, muy lentamente.

Es una despiadada cuesta, para más INRI donde vas totalmente desprotegido de las fuerzas de la naturaleza, ya sean éstas sol, viento, lluvia o lo que sea. Hasta las aves de rapiña de podrían atacar en esas circunstancias, si supieran lo agonísticamente que vas. No sabes ni cómo puedes avanzar. De pronto empiezan a caer gotas de sudor de la punta del casco, con una frecuencia inusitada. El buen humor que te había acompañado todo el día empieza a esfumarse. Primero piensas: “este miércoles igual no entreno”. Luego: “aquí no vuelvo en la vida”. En un momento echas una mirada al ciclómetro y ves 7,4, 6,7 km/h, y cadencias del orden de 45 pedaladas por minuto. Bestial. Si llevara un 30x28 iría seguramente no mucho menos jodido pero al menos con algo más de ritmo. No puedo pensar mucho más allá de eso. El goteo sigue mientras continúa tu agonía, que parece no tener fin. Cuando por fin llegas arriba de la descomunal rampa -800 m.- y crees que la tortura debe terminar, hay un giro a la derecha empinadísimo y ves que en el tramo siguiente no recuperas velocidad, ni cadencia. Ni en el siguiente. Ni en el resto de la subida.

Llega el rellano del Mirador de la Reina. Ya todo poco importa, sólo quieres dejar de sufrir. Sabes que el descanso es efímero, y lo único que te preocupa es saber si la rampa que viene después es de igual dureza que lo que acabas de pasar. Por difícil de creer que parezca, así es. Y la otra. Y la otra. La belleza del lugar lo es menos, ay, cuando no la puedes disfrutar. Pero sólo tienes en la cabeza la idea de llegar de una vez, de que termine todo esto.

Por fin, tras la bifurcación que hay después de bordear el Lago Enol, acometes una pequeña bajada en la que procuras que la bice se lance lo más posible para empezar la siguiente rampa que ves, que no sabes si será la última pero no puede andar lejos porque ya vislumbras el despliegue dispuesto en la explanada que queda a tu izquierda. Unas vallas protegen a una hilera de ciclistas que ya han cubierto su objetivo y ya bajan en sentido contrario, lentamente, uno a uno. Por fin ves la gran pancarta de meta. Son las 13 y 56 minutos. Tras ella, en una improvisada rotonda te hacen pasar por otro puesto lector de chips donde tu paso vuelve a no generar sonido alguno –poco importa ya, subir lo has subido- e inviertes el sentido de la marcha para buscar tu merecido alimento tras el tremendo esfuerzo que te habrá hecho consumir más de tres mil kilocalorías.


La bajada fue peligrosa, ya que inmediatamente después de hacerme la foto de rigor se echó encima del Lago Enol una enorme lengua de niebla que lo fue cubriendo. Comencé el regreso ¡subiendo!, ya que hay una condenada y empinadísima rampa que hay que pasar ineludiblemente, lo cual, ahítos de comida, bebida y esfuerzo, se hace especialmente dificultoso.

La lluvia empieza a hacer aparición. No te dejará ya en todo el descenso hasta el final. Éste lo tomé con muchas precauciones, pero sin privarme de pasar a todo bicho viviente que se me puso por delante, con alguna excepción. Era lamentable el aspecto de la gente que me iba cruzando mientras bajaba. Al principio estaban cerca, pero aún había gente en la huesera, y más abajo… uf. Tratas de animarles, de darles una palabra que les empuje un poco más, pero sabes que lo tienen muy difícil. En fin, no es tu guerra.

Tras llegar a la rotonda de abajo del puerto, enfilamos la carretera hacia Cangas de nuevo, juntándome con un grupo de dos ciclistas. Pronto nos pasó alguno más y me enganché, resultando que al final se volvió a hacer “grupeta”. Es curioso lo naturalmente que se forman estos grupos, y también cómo poco a poco alguno se va animando y aún le quedan arrestos para tirar como un descosido. A mí no. A alguno me pego con descaro, pero también dejo irse a otros; la guerra ha terminado.

Por último, reflejar el fenomenal trato que recibí del personal del Hotel “El Capitán”, donde sin haber pernoctado me cedieron el uso de una ducha sin ni siquiera querer cobrarme nada, de modo que una vez limpio y cambiado, pude degustar el bollu preñau que nos dieron en el pabellón al llegar junto con varias viandas adicionales, bebida a discreción y un diploma acreditativo del tiempo realizado, que en mi caso, como temía, salió con el contador a cero. Me dio rabia y poco después hice una bola con él. Pero no me importó demasiado, ya tenía mis datos convenientemente guardados.

Cifras: La media fue de 23,9 km/h arriba y al final subió a 24,6 km/h, tras 136 kilómetros recorridos incuida la bajada y la llegada hasta Cangas. El total de la jornada en tiempo fue de 3 h. 31’ hasta Covadonga, 4h 44’ hasta arriba (por lo tanto 1 h. 12’ tiempo empleado en subir) y 5 h. 32’ tiempo total.

¡Ah! Por último, no quisiera que se me olvidara destacar la magnífica organización por lo que se refiere a seguridad (en carrera y en la señalización), y por la generosidad, calidad y número de los avituallamientos. Como único pero –espero que sólo en mi caso- el hecho de que no funcionara el chip.

Y también agradecer a la multitud de personas que estaban por allí, y sin que fuera con ellos, te dan ánimos con una sonrisa en el rostro mientras vas subiendo y sufriendo un puerto tan duro, tratando de hacerte más llevadero el esfuerzo. Gracias a todos ellos.

20 abr 2008

San Miguel - Ixua

Hola, chicos: pues resulta que hoy nos hemos juntado Javi, Juanma, su hijo Mikel y Jon para conocer una ruta nueva, que por más señas fue publicada en el artículo semanal de El Correo, este pasado jueves. Empezamos de Eibar, fuimos a Elgoibar, allí tomamos la carretera hacia Markina subiendo el alto de San Miguel, un puertito cómodo y muy bonito (la belleza de los paisajes fue una constante en el día de hoy) que nos desperezó, ya que tuvimos que hacerle frente nada más empezar.

Después de bajar, llegamos a Etxebarria, pueblo de Amets Txurruka, corredor del Euskaltel protagonista del artículo citado. Un lugar precioso. De ahí tomamos la carretera hacia Markina, pueblo muy cercano (2,5 kilómetros), y desde ahí hacia Ondárroa pasando por Berriatua. En este tramo la carretera, muy bonita, va serpenteando y tiene una ligera pendiente descendente. Claro, vamos hacia el mar.

Desde Ondárroa hasta Lekeitio hay curvas, muchas curvas, que se hacen pesadas cuando vas en coche, pero en bici son otra cosa. Nada más salir de Ondárroa se abre una impresionante vista del Cantábrico en todo su esplendor, que hoy estaba "plato". El día, a pesar de los malos augurios, estaba siendo estupendo y con algo de aire pero que no nos incomodó en absoluto. Y con una temperatura más que agradable, que propició que nos pegáramos una buena sudada ya que íbamos más bien abrigados.

Después de esa rampa inicial, Mikel se pone a un ritmillo interesante; Jon y yo nos ponemos a rueda mientras Javi se queda acompañando a Juanma. Desde Ondárroa hasta Lekeitio hay como 14 ó 15 km., y me animo a ponerme delante ya que en Lekeitio estaba prevista la parada. El resultado es que ese animarme fue lo que más tarde me pasaría factura en Ixua. Fui tan despendolado que Mikel se cortó en una pequeña bajada de las muchas que había -no es todo llano a pesar de ir por la costa- y me quedé solo con Jon.

Tras la parada alimenticia en el bonito puerto de Lekeitio,





retomamos la ruta dirección Oleta y Etxebarria, para aquí girar a la derecha hacia Barinaga, en un tramo también precioso. A cual más bonito está resultando hoy. Hasta aquí bien, sin problemas y a tren. Pero tras pasar Barinaga la cosa se pone más seria y decidimos ponernos un ritmo e ir así hasta arriba, que no sabemos exactamente cuánto será de largo (luego veríamos que como unos 6 km. hasta el cruce con el desvío hacia el santuario de Arrate). Pues ese ritmo que al principio era más o menos bueno, con los kilómetros se me fue haciendo más y más duro de soportar. Al final se puso Jon delante y me costó Dios y ayuda poderle seguir. La cuesta se me hizo larga y a duras penas pude acompañarle. Por fortuna pudimos coronar y, tras un pequeño intercambio de impresiones arriba, decidimos tirar hasta el Santuario ya que tenía ganas de llegar, nunca había estado allí. Este último tramo, de 3 kilómetros, sólo ofrece dificultad los primeros 500-700 metros, luego se vuelve llano y por último tiene una bajada hasta llegar al monumento, enclavado en un bello paraje.

El resto de la marcha no tiene más historia. Únicamente mencionar que la bajada por la vertiente de Eibar me hizo ver que ese lado tiene muchísima enjundia. Porahora no me quedan ganas de intentarlo, pero quién sabe. Todo se andará.

Al final me salieron 92 kilómetros, en 4 horas y 8 minutos (22,3 km/h de media). La verdad es que acabé con sensación de haberme dado una buena paliza. No acumulé muchas horas en esta salida y no sé si es lo mejor para mí en este período "pre-QH", pero es lo que hay. Ya habrá otro tipo de salidas.

15 abr 2008

Castro-Castro 2008. La primera marcha ciclodeportiva de mi vida.

Castro-Castro 2008 13 de abril de 2008


Hoy he participado en la primera marcha ciclodeportiva de mi vida. Y no porque así se anunciara –era una cicloturista más- sino porque así me lo he tomado, con todas sus consecuencias. Sabía que era una marcha en la que la gente “andaba mucho” “iban a mil” y catalogaciones por el estilo. Así que, después de “caerse” mi amigo Dani del plan inicial, que consistía en acompañarle y disfrutar yendo tranquilamente a la marcha que él quisiera, para compensarle del sacrificio que hizo la semana pasada en la Bilbao-Bilbao por acompañar en todo momento a una compañera de trabajo (la “caída” vino originada por una inoportuna gastroenteritis), me dispuse a ir a ver qué pasaba, hasta qué punto podría seguir a los demás participantes, o seguir a algunos de ellos, teniendo en cuenta que las dificultades orográficas no eran muchas ni especialmente duras. Más bien al contrario: un recorrido bellísimo y una mañana estupenda, que afortunadamente no fue mala como habían anunciado profusamente, sino primaveral.

A las nueve y cinco partimos en salida ordenada desde la Plaza del Ayuntamiento dirección Islares, por la carretera general antigua. Pronto, tras el repecho de salida, empiezan los primeros escarceos para tratar de colocarse cada uno en su sitio, o al menos en algún sitio. Yo igual. Me encuentro un tanto incómodo, por el viento que da de lado, racheado, y porque la cena del día anterior fue desmesurada (acompañada de un crianza también en la misma medida, por qué negarlo).

Bueno, así vamos pasando los primeros toboganes antes de llegar a Islares. Todavía la avanzadilla de la carrera se intuye no demasiado lejana, de tal forma que cogiendo un pelotón de esos que se van formando espontáneamente recuperas posiciones. Después llegamos a Ontón y comenzamos la primera subida (¿Candina?), la que tiene en su mitad el desvío hacia Oriñón. Hay gente que se empieza a quedar, pero sigue habiendo muchísimo apelotonamiento. El número de inscritos debió rondar los 800 –era el límite-, y aparentemente eso era un número nada despreciable, al menos esa era la sensación cuando veías la cantidad de gente que nos habíamos juntado.

Tras ese primer alto, me engancho detrás de un tipo corpulento –la tónica del día iba a ser esa; aprovecharme también al máximo posible del trabajo de los demás- en el serpenteante llano de arriba antes de empezar la bajada hacia Liendo. Allí tomamos el desvío hacia el interior por una bonita carretera que nos llevaría hacia la primera dificultad montañosa del día: el alto de Seña. Se trata de una cuesta de unos 4-5 kilómetros, en un entorno boscoso muy bello y donde empecé a subir a tren, yendo cómodo sin forzar pero tampoco yendo de paseo. Pienso que no está mal. Me fijo hacia la mitad de la subida y veo que aún me quedan otras dos coronas por meter. O sea, que voy con el 23, y a unos 14-15 por hora.

Las rampas se van sucediendo lentamente (subiendo siempre pasan las cosas más lentamente), hay algún descansillo que viene de fábula para recuperar y después vuelve la inclinación a la carga. Me pasa un grupo con una gente, no mucha, que va un puntito más que yo y me trato de enganchar. Nos vamos conformando un grupo numerosillo al que hay que añadir que nos tropezamos con más gente a lo largo de la carretera. Aunque puede que sea un ritmo un punto más acelerado que lo deseable, continúo así hasta un llano intermedio antes de encarar el tramo final, que hago sin problemas.
Arriba, un cartel fosforescente nos advierte de que nos espera un descenso peligroso. El suelo está húmedo, con esas manchas oscuras que hablan de que ha habido humedad reciente que no se acaba de ir. La zona es umbría y eso nos hace bajar con precaución.

En una curva a izquierdas, veo una bici apoyada en la valla quitamiedos, en pleno ápice. Junto a ella, dos ciclistas a quienes digo que esa bici ahí está mal, justo cuando caigo en la cuenta de que su propietario posiblemente haya tenido un accidente en ese punto. Más abajo ese temor parece confirmarse ya que un gran grupo de ciclistas parados a la derecha comentan en voz alta esa circunstancia. Más adelante vería más casos; desgarrones en los culotes, costados ensangrentados y algún pómulo con hematoma… buf, qué mal rollo.

Llegamos a Limpias, y pronto nos aprestamos a tomar el desvío, cruzando el río Asón, hacia los pueblos interiores de Marrón, Udalla y Gibaja, por una carretera interior muy bien asfaltada y sin tráfico. El recorrido es magnífico –ya lo conocía de mis salidas desde Noja-, lo malo es que no se puede disfrutar en toda su magnitud porque bastante tiene uno con tratar de mantener la rueda del que le precede. Particularmente, a mí me ha tocado un paisano de una enorme corpulencia que cuando se decide a acelerar lo hace “cambiando el paso” de una forma estratosférica, de modo que me saca tres metros que para recuperarlos debo echar el resto, o si no lo pierdo. También hay otro corredor de muy buen andar que se releva con él. Yo a rueda. Bastante tengo.

Poco antes de Ramales, y hasta tomar el desvío a la izquierda hacia Carranza, hay un repecho bastante duro que hace que esté a punto de perder contacto con el grupo donde iba, pero afortunadamente pude mantenerme allí de algún modo y recuperar al tomar la nueva carretera.

Pronto vamos alcanzando a más gente, hasta que por fin atrapamos a un grupo numeroso y por fin nos quedamos de una manera más relajada hasta la hora del avituallamiento. Resultó que en ese grupo vislumbré un maillot de Zaker, patrocinador de uno de mis habituales compañeros de ruta, Ricar; pero resultó ser Dani (otro Dani, no quien mencioné al principio), un chaval simpático y “un poco” dado al ditirambo. Así que, mientras descansaba de los excesos anteriores, me evadí escuchando relatos bélicos de sus andanzas por Italia cuando se tuvo que hacer 50 kilómetros solo al final de una marcha maratoniana, o cuando fueron a 55 por hora no sé dónde, o dejó a un par de italianos tirados cual colillas yéndose para adelante en alguna otra ocasión. Entretiene, la verdad, este chico. Dani me dijo que había visto a mis colegas de la S.C. (quienes habían preferido hacer la marcha por su cuenta, a ritmo más pacífico) unos 10 km. más atrás, así que dejé de buscarlos definitivamente por entre el resto de la gente y me dediqué a seguir y acabar la prueba lo más dignamente posible.

Llegamos al avituallamiento, en una especie de plazoleta natural que aprovechó la organización, que nos sirvió ágilmente según llegábamos una bolsa con diversas viandas, entre las que aproveché un pastelillo, una barrita, agua y metí al bolsillo trasero un par de envases de glucosa que me vendrían después de perillas. Me entretuve lo justo. Vi, mientras comía, que llegaba “un autobús de gente” o sea, un pelotón muy numeroso. Así que en cuanto estuve más o menos alimentado y con el bidón otra vez lleno (y “el otro” vacío, je je), retomé la partida. Antes, por si acaso decidía por la razón que fuera tomarme las cosas con más calma a partir de entonces, miré el ciclómetro para ver mis números hasta entonces: tras 1 hora y 51 minutos y creo que unos 53 kilómetros, llevaba ¡28,8 km/h de media! Para mí eso ya era bastante.

Pues tras el avituallamiento justo empezaba la segunda y principal dificultad montañosa de la jornada: el alto de La Escrita. Estaba en duda sobre si lo que estaba subiendo en ese preciso instante sería realmente ese alto o alguna trampa intermedia no identificada, pero ante la larga duración de la cuesta fui convenciéndome de que sí. Llevaba buen ritmo –incluso puede que demasiado bueno- y fui pasando gente, aunque también había quien me pasaba a mí, claro; pero mi respiración se iba haciendo más agitada, hasta que más o menos a media subida decidí subir un piñón. De todos modos iba más rápido que en Seña. La subida era larguita, pero el día seguía siendo magnífico, así que me decía que adelante, que tras coronar todo lo que me quedaría sería llegar de una manera o de otra.

Llego arriba. Ahí está un grupo que parece estar esperando a alguien, y entre ellos veo a Dani, con su maillot de Zaker y su preciosa bici nueva marca Botecchia, o algo así. Antes tenía una Colnago negra de carbono, no sé si C-40 ó C-50 (no estoy tan al día de las novedades del mercado), me estuvo contando que la tiene en venta, ya con 25.000 kilómetros. Mucha tela.

Bajo como siempre a mi aire, y pronto llegamos al cruce de Matanzas para girar a la izquierda dirección Guriezo, en lo que para mí es el mejor tramo que conozco donde dar rienda suelta a todo lo que puedas imaginarte encima de una bici. Es decir, a dar pedaladas sin contemplaciones dándote la impresión de que vas muy rápido, ya que el terreno tiende en todo momento a ir descendiendo. Si además se da la circunstancia de que te pasa un pelotón y aprovechas el rebufo, es el no va más. En mi caso no tuve tanta suerte o cometí el error (pardillo… fue el primero de dos consecutivos) de no esperar a un pequeño grupo que venía por detrás. De todos modos ese día había decidido exprimirme sin más consideraciones, a ver qué pasaba. Y lo que pasó es que más o menos a los cinco kilómetros de bajada me pilló un grupillo de cinco o seis corredores con Dani al frente invitándome a engancharme, lo que obviamente hice. Y así fuimos en rápida armonía. Dani no era el único que tiraba, había otros dos, uno de un club ciclista de Lodosa y otro sin identificar. En un momento determinado pasé a relevar, un poco movido por la inercia del grupo y otro poco por el por qué no; vamos a demostrarle a Dani que aquí hay clase. Segundo error. Di tres o cuatro relevos, los últimos ya con amagos de calambres y las pulsaciones absolutamente disparadas. En cuanto pude, me metí en dos momentos en que fui relevado los dos envases de glucosa tratando de recuperar energías si era posible dado el cansancio que llevaba acumulado, pero sin demasiada fe. Pero no quería hacer caso del pulsómetro. Hoy no.

En algún repecho las pasé canutas. Particularmente sufro en una recta de unos 500 metros que hay justo antes del cruce de Guriezo, un cruce de cuatro caminos por donde se pasa prácticamente en cualquier ocasión que hagas un recorrido que salga de Castro. Muy recomendables recorridos, por cierto.

Cuando llegamos a la antigua general de nuevo, a la altura del Pontarrón de Guriezo, me digo y le digo a Dani que hasta aquí, que ya no doy más de sí. Parece que hay cierto consenso en implementar un poco de calma, y vamos caminando sin tanto énfasis. Pronto me doy cuenta de que ya no voy, y en Islares, a nada que me pongo de pie noto calambres en las piernas. Así que en el siguiente repecho les dejo ir con gran resignación, pero me había dicho que hasta que reviente, y efectivamente reventé.

De ahí a la llegada –unos 6 km.- sólo había que tomárselo como un paseo, no había posibilidad de otra cosa. Coincidí con otro “cadáver” circunstancial con el que departí amigablemente esos últimos kilómetros. Al poco nos sobrepasó un gran pelotón de unas cuarenta unidades al que, tras un último e infructuoso esfuerzo por unirme, tuve que decir adiós desde mi vaciedad.

Llegada a Castro, tras 98,6 kilómetros sobre las 12 y veinte del mediodía. Al cruzar la señal de meta situada en el mismo puerto pesquero, quito el ciclómetro de la bici para que no distorsione las cifras, me voy a por el recuerdo-obsequio de la marcha, me quito como puedo el dorsal y voy a agenciarme una coca-cola enlatada que me refresque mientras me dirijo hacia donde tengo el coche aparcado. Allí, entre trago y trago mientras me descalzo, mientras me cambio la ropa sudada por otra limpia, mientras analizo todo lo acontecido, mientras recupero la lucidez mental hasta entonces un tanto abotargada y espero a mis amigos para compartir un último momento de intercambio de sensaciones y de humor, me llevo la mano al bolsillo del maillot ya que no puedo reprimir la curiosidad: 30,2 km/h de media, la mejor cifra jamás alcanzada por mí en este kilometraje. Me pareció una pasada. Como también ha sido una pasada ir a 157 pulsaciones de media la última hora y 24 minutos, desde la salida del avituallamiento.

Pero el día mereció mucho la pena por varios motivos: por la climatología, por el espíritu con el que afronté la marcha, por el paisaje –aunque yendo en este plan se disfruta poco, es verdad-, por saberme “uno más”, y claro, por el resultado.

Creo que la preparación para la QH va por buen camino. Ahora debo insistir –la próxima, ¿la Erandio-Erandio del domingo? e ir incrementando el kilometraje.

¡¡Hasta la próxima!!

9 abr 2008

Bilbao-Bilbao 2008

La Bilbao-Bilbao, bien. Por partes: en su inicio la hice con mi amigo Dani y una compañera suya de trabajo, que era la primera vez que la hacía y que al parecer no tenía otra experiencia aparte del spinning. Esta chica se iba quedando en los repechos, así que para el km. 10 más o menos me dijo Dani que me fuera a mi aire, con mis compañeros habituales. Así lo hice, además acompañado por mi amigo Fructus, un chico fabuloso y padre de un compañero de mi hijo Alvaro. Fructus iba con bici de montaña y aguantó bien hasta la cuesta de Barrika (por Plencia), donde empezó a flaquear un poco y ya en Umbe se fue quedando. Decidí acompañarle para que no quedase solo (imagen de la foto)
y a mitad del recorrido, en el avituallamiento del Parque Tecnológico, acordamos que él se quedaría a esperar a su grupo de “mountainbikeros” que venían por detrás y yo mi iría hacia delante en busca de mis colegas de la S.C.

A partir de aquí, tras diez minutos de parada para comer y beber algo, tiré para adelante a toda leche, pasando mogollón de gente –siento que suene pretencioso, pero así fue- en los toboganes de Artebakarra y hasta Munguía. Había conseguido contactar con uno de los colegas en el Parque Tecnológico, que me avanzó que habíamos quedado en el bar “Dena Ona”, justo antes de los cuarteles.

A partir de Munguía, me enganché con un grupo de lebreles que tiraban como posesos y fuimos a toda órdiga, no sé ni a cuánto, pero era la leche. Al llegar al bar en cuestión allí no quedaba nadie. Así que vuelta a andar, poco a poco hasta que me pasó otro grupo a buena velocidad y a quienes me enganché (se nota mucho el efecto rebufo en los tramos llanos en bicicleta) hasta el pie de Gerekiz. Subí a ritmo y, tras la bajada antes de Morga, empecé a subir Morga a mi ritmo, y entonces empecé a encontrarme con los primeros “cadáveres” de entre mi grupo de conocidos: el primero, Fernando, un tiarrón de 1.90 m y unos 90 kg., con calambres. El segundo, Juanma, un poco más adelante, que iba a su aire y esperando a su hijo que venía un poco por detrás. Más adelante a Ricar, con quien finalicé la ascensión y que según me dijo ya iba “justito” porque no había entrenado demasiado.

Tras la bajada, tiré hacia delante a lo que podía a ver si echaba mano a los que me faltaban. Pero a la altura de unos 2 km. antes de Galdácano estaba la marcha neutralizada con un coche de la organización, Ertzaina, etc., habiéndose montado una aglomeración de mil pares de narices. No se podía pasar, así que nos llevaron a 25 por hora hasta Bilbao. Lo malo es que ¡a 25 por hora también en la subida del “Col de la Basilique”!, el repecho justo antes del túnel de Begoña, y ¡dolían las piernas…!

Bueno, llegamos sin más novedad a la una pasadas. Había salido a las 8 y veinte, un poco antes de darse la salida oficial.




Pasé un día extraordinario. No hizo especialmente buen tiempo, más bien fresco, pero al menos no llovió. Ya a la altura de Umbe arriba tenía una gran sensación de pena porque se me escurría la mañana entre los dedos…

Un paisano parece que falleció de infarto, yo no lo vi pero me contaron que le habían visto cómo le daban masaje cardíaco... por lo menos el hombre murió haciendo lo que le gustaba en la vida.

13 sept 2007

Jerez 2003

¡Hola! Para que veáis que no todo van a ser aburridas historias de pedales, ahí os va una de dos ruedas pero con motor, que aconteció en mayo de 2.003 y que recuerdo como una de las mejores vivencias que he tenido; en esta ocasión me acompañó mi hermano Jorge en un casi imposible viaje Bilbao-Jerez de la Frontera ida y vuelta en un fin de semana, a ver el Gran Premio de motos.

En su momento gustó bastante, espero que los que no lo hayáis leído disfrutéis de él.

Saludos,

Edu



Sábado 10 de mayo de 2003, siete y cinco de la mañana. Llego apurado al Sagrado Corazón, donde había quedado con Jorge, porque hubo un pequeño error de cálculo a la hora de recoger toda la indumentaria prevista para caso de lluvia. Pero allí estaba él, ufano y sonriente, dispuesto a discurrir a lo largo de, sí señor, toda una aventura ¡nos íbamos a Jerez!

No había reglas, no había normas, sólo pasarlo bien. Si quieres pasar tú adelante, pasa; si me apetece a mí, pasaré. Si quieres parar a descansar, me lo dices. O a tomar café. O a mear. O a echar un purito. O unas risas. O lo que quieras. Yo lo haré también.

Salimos sin abrigar nuestras piernas, y eso, una vez en la meseta, se nota. La primera parada en condiciones, la del desayuno, sirvió para meterme el pantalón acolchado de agua de Pili, del año maricastaña. Pero abrigaba ¡ya lo creo! Jorge se hizo el duro y me cedió su uso, por respeto a las canas, jajajaja, lo cual aproveché, por supuesto. Café trrrraaaanquilo, dos madalenas de esas largas envasadas y purito para mi colega. ¿Qué tal, Jorge? “Lo estoy pasando de puta madre”.

Jorge es probablemente el mejor compañero para un viaje de estas características. No pone pegas a nada, disfruta increíblemente y encima es agradecido.

Las motos, perfectamente puestas a punto y lavaditas, afrontaban, como nosotros, el mayor reto de su carrera. Sin embargo, éramos optimistas y no había por qué pensar que no saldría todo sobre ruedas. La mía se mostró bastante bebedora, lo que hizo que nuestra autonomía no pasara de 220 / 230 km. No es que importara mucho, aunque había que estar pendiente del marcador por si acaso, sobre todo en esas llanuras extremeñas en que puedes quedarte tirado si te descuidas. Por cierto, en una gasolinera estaban apostados dos motoristas de la Guardia Civil, charlando y haciendo bromas con los tipos que por allí vagaban; uno de los guardias ¡fumando!. Así, dando ejemplo. Tuvimos que tener gran cuidado de no entrar directamente en la gasolinera (estaba en el carril izquierdo), ya que había una doble raya continua. Ello nos obligó a andar un kilómetro hacia delante para girar 180 grados después y poder repostar. Y, bajo su atenta mirada, lo mismo para salir.

Hora de comer. Hemos llegado a Cáceres, lo acabamos de sobrepasar. Son como la una y media de la tarde y, entre el calor que empieza a hacer y el cansancio que se deja notar, me va apeteciendo parar a comer y así se lo indico a Jorge, en marcha, por señas, claro. Veo un sitio con buena pinta y allí que nos vamos derechos; resultó ser un restaurante que tenía comuniones ese día, pero nos debieron ver cara de mártires y nos prepararon un estupendo plato combinado a base de filete, patatas fritas y dos huevos que comimos con fruición, por supuesto. Cafelito mientras veíamos los entrenamientos del G.P. por la tele ¿qué más podíamos pedir? que hubiera menos bullicio en el lugar ¡cómo gritan los extremeños! no sé de qué me suena...

Anécdota: mientras comíamos, observo un abejorro descomunal paseando por la cristalera junto a la que estábamos. Le digo a Jorge: “jodé qué cacho abeja, ten cuidado”

.- “no es una abeja, es un díptero; fíjate que tiene dos alas, las abejas tienen cuatro. Seguramente será una evolución de alguna especie de moscardón que haya por aquí, para sobrevivir y bla, bla, bla...
- Además, es macho”
- “¿...?”

Después de comer, partimos suave suave dirección Mérida, que yo creía que estaba más lejos de lo que estaba. Tenía intención de enseñarle a Jorge el Teatro Romano y todo lo que rodea ese paraje, del que tenía un recuerdo impresionante. Llegamos pronto, aún estaba cerrado por la pausa del mediodía y no nos quedó más “remedio” que parar a esperar, tomando un cafelito con hielo en una terracita en la sombra, cerca de la entrada.

Al aparcar las motos, un chaval con una pinta de yonqui que no podía con ella, nos indicó enseguida dónde teníamos un buen sitio para aparcar. Me dio lástima y le di un euro, que agradeció. Da lástima esta gente. Están más tirados que las ratas, no tienen porvenir y a todo lo que aspiran es a dejar un día el pozo en el que viven y marchar, hacer algo como los que íbamos de visita, se notaba en su mirada cuando le contamos dónde íbamos a estar al día siguiente, en su sonrisa desdentada y soñadora. Algún día iré yo también, nos dijo. Como si fuera conquistar América.

La visita fue rápida, forzosamente más de lo necesario, pero no podíamos entretenernos demasiado. A Jorge le impresionó, como a cualquiera que ve aquello por primera vez y se imagina lo que un día fue, y seguramente le creó esa inquietud por volver a verlo con más calma.

Continuamos marcha en el tramo más gratificante de todo el viaje. La belleza del paisaje y de la carretera en esta época del año es increíble, los campos son verdes, un verde más mate, más tenue, con un leve tono azulado quizás, que mezclado con la luz del día y con la vegetación del lugar (encinas y olivos, incluso vides pero de otro tipo, más alto quizá) los hacen incomparables; se nota un olor especial que te va embriagando. Esto no lo hay viajando en coche, no señor.

Se va acumulando el cansancio y hay que estar pendiente de la carretera, de un único carril por supuesto, con curvitas y rasantes, asfalto no del todo bueno pero correcto para disfrutar. Aún no se ven demasiadas motos. Comento con Jorge ¿dónde están las custom? (apunta, Toño).

Llegada a Sevilla, 19:30 horas. 31 grados en uno de los termómetros callejeros. Luz y sol, calles con gente, vida, color. Niñas paseando con sus tirantitos, arregladas, preciosas. Guiris y gitanillos, tiendas de souvenirs. Coches y motos, no demasiados.

Paramos un par de veces hasta localizar el hostal. Damos muy bien con él, son las 19:40 y, tras aparcar las motos nos palmeamos las manos y vamos a recepción a tomar posesión de un merecido descanso y una ducha reparadora. El plan era salir de tapeo por los alrededores de la Plaza de Cuba, puede que incluso llamar a un amigo que dejé en mi antiguo paso por esta ciudad.

El caso es que, una vez en el hostal, el tipejo con cara de búho retrasado que había en recepción empezó a darnos largas aduciendo que quien estaba en la habitación que íbamos a ocupar no se iba. ¿Y a mí qué? Oiga, llevamos 900 km. No me ande con chorradas y déme una habitación, usted verá lo que hace. Me la confirmó por teléfono.

El tío que mire usted, que es que a ver qué hago yo ahora, fíjese usted... Me empiezo a mosquear y le pregunto directamente si nos va a dar una habitación o no. Como quiera que seguía con lo mismo, le pido el libro de reclamaciones. El tío con la misma música, parecía que rezaba el rosario por lo bajini. Vale, tronco. Ya está bien. De la misma marco el 092 en el móvil y solicito la presencia de la Policía Municipal, a ver este tío que se niega a facilitarme el libro de reclamaciones.

A esto que el búho parece querer empezar a negociar, me pide el nombre como buscando una solución, pero ya me había tocado los cataplines y además no era cuestión de quedarse en territorio que ya era hostil. No sé muy bien por qué –creo que es porque me estoy haciendo perro viejo- llevaba un par de hojas sacadas de Internet con una relación de todos los hoteles de dos estrellas de Sevilla, al menos los que publicaba la página que había consultado. Mientras esperaba la presencia de los munipas, larga espera por cierto, comencé a llamar desde allí mismo hasta que, a la quinta, un hotel me dijo que estaban completos pero que tenían unos apartahoteles. Como no era cuestión de decir esto quiero y esto no quiero en esas circunstancias, cogí la oferta al vuelo. 90 Euros más I.V.A., pero resultó estupendísimo. Dos habitaciones, cocina equipada, aire acondicionado, una terracita... Estupendo para ir con la family a pasar unos días a Sevilla. Si os interesa, preguntar en el Hotel Baco de Sevilla.

La poli llegó después de hora y veinte minutos de espera, cuatro llamadas, una amenaza de irnos y sugerirles que hicieran lo que se les pusiera en la punta de la porra, para, por fin, poder llenar nuestra hoja de reclamaciones y marcharnos de allí con la conciencia tranquila. Ya está bien de avasallar, por lo menos que no duerman tranquilos.

Total que, para cuando fuimos a nuestro segundo hotel, ducha, cambio de ropa y tal, nos dijimos que “vamos a lo sustancioso” o sea, a cenar. En los bajos del apartamento había un restaurante como otro cualquiera, así que no nos complicamos la vida. Eran como las diez y media de la noche, y disfrutamos de un mano a mano relajado y cordial, con charla amigable y placentera entre nosotros y con la esporádica presencia del simpático camarero. Menú: revuelto de espárragos trigueros con jamón del bueno, ensalada mixta y una riquísima dorada, Jorge al horno y yo al ajillo. Regado con un par de cañas “comme il faut” de la tierra. Todo un homenaje.

12 de la noche. Decidimos que estamos viejos, cansados y además somos inteligentes, por lo que la noche de orgía y desenfreno daría paso a una de presuntos ronquidos vulgaris, ya que a la mañana siguiente había que levantarse a las siete para poder llegar a tiempo de entrar al circuito sin prisas ni las complicaciones de última hora. Me acordaba de que los accesos al mismo eran todo un caos, y así fue.

Mañana del domingo. Nos preparamos rápido, y en esto que mientras tanto me da por poner la tele más por inercia que por otra cosa, cuando me encuentro con que están echando en una cadena autonómica el vídeo de Álex Ubago donde sale Janire. Nos quedamos los dos como pasmarotes mirando y cantando, y comentando una vez más las excelencias del vídeo, de su intérprete femenina y de la canción, que tarareamos durante un buen rato. ¿Sabes...?

El vídeo inmediatamente posterior era de Isabel Pantoja, lo que nos bajó inmediatamente de donde estábamos y espoleó nuestras ganas de partir.

Sobre las carreras nada os voy a contar, ya os habréis enterado por la prensa. Sólo deciros que mereció estar ahí para ver la machada de Toni Elías, comparable solamente a otras anteriores de Crivillé ante Michael Doohan o alguna de Alberto Puig, Checa en Montmeló o la última de Sete. Pero más emocionante aún. Lastimado, en inferioridad de condiciones, contra cuatro y viniendo desde atrás. Eso son cojones. Y lo de Fonsi, lagrimones.

Salimos del circuito a las tres de la tarde, nos costó la tira llegar a las motos, salto sobre una acequia incluido, y una vez de haber llegado tuvimos que soportar una retención como nunca había padecido en moto. Eran las cuatro y cuarto cuando salimos a carretera libre.

La vuelta. Lo peor. El miedo a no poder. Más cansancio, muchas horas por delante. Incertidumbre, puede que incluso riesgo. Pero estamos imbuidos de paciencia, nos hemos repetido hasta la saciedad que pararíamos las veces que hiciera falta. Al principio era más ameno, hasta divertido. Era increíble cómo en cada puente que cruzaba la autovía se agolpaba la gente para ver pasar la caravana de motos que se dirigían primero hacia Córdoba, luego hacia Madrid, saludando y agitando los brazos. ¡Incluso llegué a ver una pancarta! ponía “BUEN VIAJE, MOTERO”. Alucinante. Al principio yo recelaba, creía que los críos podrían lanzarnos piedras, lo que podría costarnos un disgusto, pero no sólo me equivoqué sino que fue una de las mayores gratificaciones del viaje. Ya a la ida los encontramos, aunque esta vez debajo de los puentes, a la sombra.

Llevábamos velocidades por debajo de la media entre las motos. El tráfico era denso también de coches, que muchos de ellos eran moteros sobre cuatro ruedas por cómo se comportaban con nosotros y porque iban, si no pintados, llenos de banderas, bufandas y camisetas del ídolo de turno. Pero la mayoría de las motos iban como 20 km/h por encima de nosotros. Particularmente imprudentes eran los portugueses, que llevaban máquinas con matrículas minúsculas y te pasaban por donde querían y sin avisar, lo mismo les daba por la derecha que por tu izquierda incluso si tú ibas por el carril de la izquierda. Me hizo recordar el mal recuerdo que tenía de cómo se conducía en Portugal la vez que estuve, hace unos doce o trece años.

Pero, ay, amigo. De repente ¡curvas! no sé cómo, pero habíamos llegado a Despeñaperros. Había mucho tráfico, pero me empecé a animar ¡aquello era divertido! y era lo único parecido a una carretera de curvas que nos íbamos a encontrar en todo el trayecto de vuelta. Así, que “ajusté cuentas” con alguna que otra “erre”, sobre todo haciéndole una exterior a un tío en una paella en la que había colocada estratégicamente mogollón de peña, se conoce que para ver el presunto espectáculo. Cagüen diez... Si es que no pierdo ese punto de insensatez.

Jorge tenía problemas de estabilidad, llevaba el neumático trasero cuadrado y eso le condicionaba un poco, pero es que lo quería apurar antes de gastarse los cuartos en uno nuevo.

Nueva parada. Media tarde. Comienza a atardecer, a bajar la luz, y después del puerto ha comenzado a refrescar. Las pantallas de nuestros cascos están llenas de mosquitos, tenemos que lavarlas en cada parada, y además esta vez limpiamos de mosquitos también nuestros faros, que llega la hora de viajar de noche y toda luz será poca. Con el atardecer llega el climaterio de nuestro ánimo, aparecen mensajes en nuestros móviles que hay que contestar, Jorge continuamente da novedades y yo trato de mostrarme animado y festivo: hay que transmitir humor.

Con la noche llega el verdadero cansancio. Uno cambia de postura no sé sabe cuántas veces, se sienta adelante, atrás, va hasta de pie, pone los pies sobre las estriberas de atrás... Mira hacia delante y es todo lo mismo, carretera, una sustancia gris que hay que atravesar entre líneas de color blanco, sin horizonte, sin porvenir. Monotonía, tiempo que se hace largo, y frío. Otra vez frío. Miras para arriba y ves un cielo estrellado y una luna que quiere crecer. Y más frío. Entonces puedes llegar a sentir de una manera remota lo que pueden llegar a padecer los pilotos del París Dakar.

Once y media de la noche. Pasamos Madrid y efectuamos una nueva parada. Tras repostar, entramos en la tienda de la gasolinera y nos hacemos con un par de sandwiches cada uno que tenemos que comer en el bordillo de una acera. Allí, sentados, cabizbajos y abatidos, tratando de sacar un sandwich de su envoltorio de plástico prefabricado sin que se me caiga al suelo, la estampa me hace parecer más desoladora que en ningún otro momento del viaje, es lo más parecido a una derrota desde que empezó. Realmente, en esos momentos uno no sabe qué nos hace dejar todo y lanzarnos a la aventura de lo desconocido, del rodar sin saber si hará frío o calor, si encontrarás gente amable u hostil.

Por fin, en el peaje de Arrigorriaga Jorge y yo chocamos nuestras palmas bajo los guantes sabiendo que lo habíamos conseguido. Era muy tarde pero daba igual, estaba hecho.

¿Con qué me quedo? Con la ilusión inicial, con la belleza del paisaje extremeño en primavera, con la camaradería de Jorge, con la carrera de Toni Elías, con ese “buen viaje, motero”, y con la satisfacción de haber conseguido un reto muy difícil.

¿Qué quitaría? ... mmmmhhh... no sé, lo he olvidado.

Ahora Jorge me llama motero. Eso son galones.





Amigos para siempre

Urkiola

¡Hola! Me he animado a incorporar un relato sobre el que considero la pequeña "Meca" del ciclista vizcaíno, para mí el monte más duro de Vizcaya, y eso que desde que lo han reasfaltado dicen que está un poco descafeinado... habrá que probar un día de éstos. Pero me ha parecido que refleja bien el esfuerzo y lo entre perplejo y esperanzado estado de ánimo con que afronté el puerto hace y la friolera de ¡siete años!

Muchos saludos a todos,

Edu




Domingo, 30 de julio de 2.000

10:45 h., el regreso.

Mi mujer, al verme llegar y cruzarse nuestras miradas, me inquirió:

- ¿Qué, qué tal?

Sólo pude responderle:

- Estoy vacío.





1.- INICIO DE UNA AVENTURA.


6:28 AM. El despertador ya ha sonado.

Es la hora. Pereza, mucha pereza. Me levanto, me refresco un poco y a vestirme. Desayuno un plátano y café con galletas, como siempre.

7:15 h. Llego al lugar previsto, Erletxes. Aparco y, después de echar la meada del miedo en unos arbustos mirando de reojo por si a alguien le sienta mal, me preparo para salir. Pienso que, después de estos últimos días, un coche aparcado en un lugar tan solitario (no hay ningún coche más) puede despertar sospechas, pero en fin... que llamen a mi mujer y que les ponga al corriente.

7: 19 h. Salida. Las primeras pedaladas me dicen que no voy fino, será por la hora o por las tripadas de esta semana. Se me ha olvidado pesarme antes de salir, aunque no creo que lo que he dejado de ver sea especialmente alentador.

Pasan un par de km., voy dirección Durango, hasta allí todo es llano. Al menos en coche lo parece. A mano derecha veo campas blanquecinas de rocío. El sol aún no ha salido, detrás del monte Oiz hay unos rayos anaranjados que se escapan entre alguna nube que está aparcada en su cima, aunque hoy no va a ser día de muchas nubes, ni de pocas.

Voy con el 19 metido, a veces el 17, que estreno junto con el 15. Ten calma, ella está ahí, esperando, no se va a mover. Vuelvo a poner el 19. Si pedaleo con cierta alegría puedo ir a 26/27 km/h con él. Hoy no es un día para calcular medias, pero sabes que lo vas a hacer. Hoyes un día para llegar, para hacer lo que te has propuesto hacer, en el tiempo que haga falta. Desatasco las cañerías nasales cada dos por tres, no respiro a gusto, nunca lo he hecho, quizás hubiera debido operarme hace años para abrirme las fosas nasales.

A las 8 puedo estar en Durango (km. 16), y a las 9 arriba, si llego. Son 5,6 km. de ascensión con una pendiente media del 9,3% y rampas del 14%, he leído esta semana en Internet. ¿Adónde voy yo? He de regular, paro otra vez, la cosa es llegar, sólo son 5,6 Km, por malos que sean sólo son 5,6 km. Me grabo esa cifra y me digo que he de memorizar el parcial de mi marcador cuando empiece el puerto, para saber en cada momento cuánto me queda, por si ello me puede ayudar.

Otro repecho, es el tercero ¿no hemos quedado en que era todo llano? Mierda, no sé si quitar plato pero me basta con subir hasta el 21. Regula, regula. Estoy lleno de ansiedad.

7:42 h. Salgo de Amorebieta. Hay bastante tráfico a pesar de la hora. He visto la primera cuadrilla en bici, que salía en ese momento, pero en sentido contrario.

La ansiedad se confunde con el temor y con la duda -siempre la duda-, me voy acercando, paso Boroa, Euba, enseguida me planto en la papelera, Celulosas del Nervión. No huele mucho, eso pasa cuando hay viento sur ¿viento? No sopla una brizna de aire. Luego, en Durango, me llegará el tufo.

Por aquí pasará el pelotón de profesionales el domingo que viene a 50 por hora. Yo voy a la mitad.



2.- CAMINO DE LA CUMBRE.

Llego a Durango, enfilo la carretera de Vitoria y allí están las moles. Un gran peñasco rocoso a la izquierda, otro más verde a la derecha. La carretera irá por el medio, me digo ¿pero adónde voy? Parece ir picando hacia arriba, porque ya no pedaleo con la misma soltura, que tampoco era mucha.

Recuerdo nombres de algunas empresas que conocía, Fosroc, Prolim. ¿Dónde está Mañaria? Primero llego a Izurza, hay una cantera tremenda. Hace poco se despeñó un obrero con un dúmper. Caída libre de 70 metros, nada se pudo hacer.

Pedaleo inseguro, bajo coronas, vuelvo a subir. Arriba, a la izquierda, está el Amboto, también cubierto por un manto de niebla. Allí está ella, esperando... Estoy seguro, es la Dama. Ella también sabe.

Llego a Mañaria. Muchas casas tienen carteles pidiendo el retorno de los presos a Euskal Herria, mapa negro con flechas rojas. Sangre y muerte.

Sigo, es el pueblo de Gorospe. Me pregunto qué le diría si me lo encuentro. Cuando se retiró, Induráin vino a cumplimentar su adiós en una prueba bajo la lluvia tan intrascendente como emotiva. Pude haberme acercado a El entonces, me gustaría tener su firma en el libro con su biografia. Otra vez será.



3.- LA SUBIDA.

8:12 h. A la salida de Mañaria, tras una pequeña recta, veo un gran cartel azul anunciando: "PUERTO DE URKIOLA: ABIERTO". Y detrás, la primera rampa. No me da tiempo a pensar, en cuanto llego quito todo y meto el 26, todo lo que tengo. No hay más, aquí estamos. A aguantar y a sufrir.

Comienzo sentado, a un ritmo que creo tranquilo y no me agota demasiado, al menos de momento. Pronto se suceden las curvas de herradura, la pendiente no desciende, es siempre la misma.

Rompo a sudar, el frío inicial ha desaparecido. Pasan coches, demasiados. Muchos franceses (estos gabachos, por no gastar en autopista son capaces de todo). Más rampas. Empiezo a pasarlo mal. Me levanto, un rato en bailón me ayuda. Al poco, la baja cadencia que llevaba se ha esfumado y me doy cuenta de que sólo debo intentar no parar. Empiezo a preocuparme por lo que llevo de subida, tengo fijo en mi mente el "28,2" en el parcial que me indicará que el infierno ha terminado. Aún llevo solamente 600 m de subida.

Animo, te vas a sentir orgulloso de ti mismo el resto del día, y parte de los siguientes, te dices. Hay que luchar. Me viene a la mente la rampa de Txakurzulo. Agujero para perros como yo, con su 14% ¿Dónde me estará esperando?

Más coches, ningún ciclista, sigo como puedo. No puedo con el desarrollo, el desarrollo me puede a mí. Si tuviera un 28...

No importa, ahora no importa.

1,4 Km ¡ya llevo el 25%! Debo seguir. Veo un caserón, pero no pone Txakurzulo ¿habrá cambiado de nombre? Cuesta tiene, pero no más de lo que acabo de hacer.

Estoy subiendo por donde pronto lo harán Jiménez, Escartín y Heras. Yo he llegado antes ¡fletes!

Un poco más adelante, posado tranquilamente en una curva a la izquierda, un cuervo parece observarme con siniestra e insolente mirada. Me acerco lentamente, no se inmuta. Está a sólo 5 metros de mí ¿se estará cachondeando de mi parsimonia? En ese momento, pasa un coche y echa a volar.

Llego a una zona con mucho verde, a la izquierda de repente no hay árboles, sólo unas ovejas pastando tranquilamente en una campa preciosa. Los equivocados somos nosotros que vivimos ahí abajo, qué paz se respira aquí.

Miro el marcador. 8 kmh. Faltan 3,2 km. Empiezo a creérmelo. Así que esto es un puerto de primera. Me voy animando. De vez en cuando me levanto, me ayuda a desentumecerme un poco. Veo una fuente, pero no paro. O subo de una vez o no subo.

Paso una zona más descansada, no meto otro piñón, prefiero recuperarme. Es el segundo descanso, antes tuve otro pero más corto. Ya no habrá más.

Llego a Txakurzulo, es un antiguo restaurante reconvertido en casa rural. Lo veo, aún de lejos, asomando tras una de tantas rampas. Una ese cerrada, y de repente, me doy cuenta. Ahí está el puñetero 14%, se ve a simple vista. Es una recta de -al menos- ­300/400 m, imponente. Ralentizo, si cabe, mi marcha, y cuando llego me pongo de pie sin pensar. Sigo de pie y arrastrándome, cada pedalada me cuesta más que la anterior. 6 kmh. Será que es lo mínimo que puede marcar.

Llega la curva, parece que algo se suaviza la cosa, será que volvemos al 9%. Vuelvo a sentarme. Quiero pedalear de una manera homogénea, no cabecear, no dar chepazos... Sufre, pero que no se note. Espíritu de Bugno. Imposible.

Tengo hambre pero ya comeré arriba. Que tire el organismo de las reservas que tanto me sobran. No quiero mirar atrás, qué rápido se desandaría todo.

Al poco, un caminante. Faltan 1,4 km. Tardo en cogerle. ¿Hay alguna fuente arriba? le digo. Creía recordar que sí, pero ahora mi mente no funciona, sólo pienso en llegar. Me dice que sí, frente a la ermita, que le espere en el alto y me acompañará. Narices, quiero subir yo.

Es un kilómetro y ya está, está conseguido.

Por fin veo el bar en el alto, ello me impulsa y, sin quererlo, mis piernas se mueven más rápido. Pero dura poco, no hay fuerzas extras, debo volver a mi "ritmo".

8:52 h. Cuando corono el alto, fugazmente veo el cartel con la altitud (700 y algo) y giro a la izquierda, en dirección a la ermita. La rampa se las trae pero no importa, veo la fuente y eso basta. Está logrado, ¡puedo decir que he subido Urkiola! A la altura del cartel miré el reloj: 39 minutos, mi número de mensajero ¡me gusta!


4.- EL RESTO DEL "PASEO"

El resto es pura anécdota, aunque una bellísima anécdota. En la bajada hacia Otxandiano el berrido de un cabrón (en su primera acepción del diccionario) acompaña mi paso. La bajada no es demasiado pronunciada y, cuando llego al pueblo, tras girar a la derecha ¡horror! Me encuentro con el cartel: PUERTO DE DIMA: ABIERTO.

Pero no hay tal puerto, son unos pequeños sube-baja que me tomo con la mayor filosofía, el objetivo está cumplido.

Me he comido en el alto dos barritas y voy a comerme una más. Paso por la preciosa zona de acampada, con sus barbacoas y todo, del Parque Natural de Urkiola, y por una granja escuela con un montón de chiquillos sentados a la puerta. Son las 9 y 20 de un domingo, y ya están todos vestidos y preparados para ¿qué? Es igual, seguro que algo bueno.

Llega la laaaaarga bajada hasta Dima. Casi no quito el piñón pequeño, aunque un par de veces me da la sensación de ir frenado por avería ¿o seré yo el "averiado"? 45 - 48 kmh ¿cómo puede ir nadie a esta velocidad en llano? Me parece imposible, jamás podré hacer algo semejante.

Una vista me emociona particularmente. Un águila, halcón o algo parecido, ave rapaz en todo caso, planea en medio del silencio a mi derecha. Está más bajo que yo y apenas se mueve, está suspendido en el aire en lo alto de un valle circundado por montañas, una de las cuales es la que estoy bajando.

Llego a Dima, luego a Yurre, una obra me retrasa al confundirme en la salida del pueblo, pero controlo todo eso para luego saber con exactitud la velocidad media. A pesar del esfuerzo, durante la subida he podido calcular el error del cuenta-km. Con bastante fiabilidad, en un tramo de 10 km: un 4% de exceso. Con ello podré saber mejor cómo ando.

Quiero mejorar la media (siempre lo mismo). La larga bajada me da tiempo a calcular la velocidad de la ascensión: han sido 39 minutos para hacer 5,6 km. O lo que es lo mismo, la escalofriante velocidad de 8,6 kmh. Algo así como 7,5 min. para hacer cada kilómetro. En alguna parte oí que los buenos emplean 2,5 min. por km. en las etapas de montaña...

He visto bastantes ciclistas subiendo Dima, ahora también me cruzo a muchos en la general Bilbao- Vitoria por Barázar, pero todos van en sentido contrario ¿por qué?

En la bajada hacia Usánsolo, me yergo en la bici soltando las manos del manillar y comiéndome las ganas de levantar los brazos. Al llegar a El Gallo, coincido con un (al parecer) corredor aficionado, de unos 20 años, que me adelanta pero me pego a su rueda inmediatamente. No puedo decir que haya adelantado a ningún ciclista, pero tampoco quiero ser sobrepasado. El tío lleva catalina pequeña y el piñón 3° más pequeño. Eso sí, es increíble la cadencia de pedaleo. Yo con 52x17 y a duras penas puedo aguantarle ¡va a 35 por hora! Pasamos como flechas a un vejete y me desengancho al llegar al coche, al que llego con una sensación de felicidad enorme a las 10 y 13 minutos.






CIFRAS:

Kilómetros recorridos: 67,9 (menos el 4% de error = 65,2 km.)
Tiempo empleado, una vez descontadas las paradas: 2 h. 44 mino .
Velocidad media (real): 23,9 kmh.
Velocidad media subida a Urkiola, tomada desde el cartel anunciador situado justo antes de la 13 rampa: 8,6 kmh.



CONCLUSIONES:

1ª) Sigo siendo un globero de mierda.

2ª) A pesar de eso, he subido Urkiola.

3ª) Induráin dijo una vez que envidiaba a los carpinteros y a los albañiles, porque eran capaces de crear cosas con sus propias manos, mientras que él se limitaba a subir una montaña para luego bajada, pero la montaña siempre seguía allí. Allí estaba antes, y allí seguía después, imperturbable.

Eso es cierto, la montaña no ha cambiado, pero uno mismo sí.