31 ago 2012

Día D-1

Tengo una ansiedad de la leche. Este es el día en el que tengo que terminar de organizar todo, revisar si no me falta algo por comprar, equipar la bici con las alforjas llenas (pesarla), descartar aquello que no entre físicamente... Demasiados factores que aportan incertidumbre. He vuelto a revisar la previsión meteorológica y es francamente buena hasta donde puedo ver (día 6); sin agua, ni calor (máximas de 21-22 grados) ¡e incluso con viento del Este! Realmente, todos los hados parecen conjugarse, es como si me estuvieran diciendo que no sea idiota, que no deje pasar la oportunidad...

29 mar 2012

Algo de mis principios ha muerto

Algo de mis principios ha muerto. Aquellos principios que nos hicieron sentirnos cómodos, identificados e incluso alegres entre la clase trabajadora, aquella que reivindicaba igualdad y reparto de la riqueza. Éramos solidarios, y esa misma solidaridad que tú dabas cabía esperarla de los demás.

Hoy 29 de marzo, no he secundado la huelga general.

No por falta de convicción ni por presiones de la empresa; creo que por primera vez he sido lo suficientemente lúcido para darme cuenta de que había que dar un paso al frente y defender, aun a sabiendas de que iba a servir de poco, los derechos que tantos y tantos años ha costado conseguir, y que una vorágine de hechos de tan inciertos orígenes como devastadoras consecuencias, han convertido en casi nada. En polvo que se va a llevar el viento.

A partir de ahora seremos un minúsculo e irrelevante eslabón en la cadena, un elemento prescindible al que alimentar con el soma de Aldous Huxley en Un Mundo Feliz, un engranaje rápidamente sustituible por otro más capaz y menos problemático.

Al final, los gobiernos, los mercados, el FMI y la madre que los parió se salen con la suya. Maldita sea su estampa por siempre jamás.

Y todo ¿por qué? Porque en mi vida, como supongo que en la de algunos de mis compatriotas, en mi casa entra una fuente de ingresos que se puede morir; una luz que se puede apagar. Porque veía a mi mujer por la calle trasegando con el objeto de su servicio, ese mismo que nos ha dado de comer y nos ha procurado un bienestar durante tantos años. Porque me veía a mí mismo negándome a ayudarla, en razón de mis principios, esos mismos principios que mencionaba antes, mientras ella se deslomaba tratando de llegar a tiempo a los compromisos adquiridos, esforzándose, consiguiéndolo a duras penas o sin conseguirlo. Recurriendo a terceros, profesionales o no. A otros familiares o amigos, a taxistas, en fin. Siendo yo un extraño para ella.

Algo nos ha alejado durante este tiempo de crisis. Algo ha dibujado en nuestros rostros una sombra de vejez y hartazgo que nos impide ver un futuro en el que poder disfrutar de las migajas que nos deje una existencia volcada en el trabajo y la responsabilidad.

23 sept 2011

El episodio de Kukutza: indignación, estupefacción, tristeza.

Hola, chicos:

Os cuento lo que ha sido una jornada histórica en Bilbao por lo negativo. Os confieso que jamás imaginé que podría suceder algo tan fuera de control para el Ayuntamiento, para las fuerzas de seguridad. Nos encontramos un poco tristes y estupefactos con la dimensión que ha tomado la protesta por el cierre de Kukutza, imagino que os habréis enterado por la prensa o los telediarios. Tiene narices, unos okupas que no sólo se niegan a dejar una propiedad que no es suya sino que ¡arrasan Bilbao! Nunca había vivido nada semejante, desde que llevo viviendo en Bilbao desde luego que no he visto nada igual: contenedores ardiendo, vidrios por la calzada, portales con el cristal roto, carreras a tutiplén y sobre todo angustia, miedo de que te pueda pasar algo, a ti o, sobre todo, a los tuyos. Yo creo que desde los tiempos de los “grises” en los años 70 y principios de los 80 no se ha vivido nada como esto.

Y lo peor es que tanta gente no sale del barrio, sino que se han nutrido de muchos antisistemas procedentes de Dios sabe dónde; da grima ver gentuza que desde luego no vive de su trabajo (¿quién les financia?), ataviados de modo similar –ropa borroka, trenzas en el pelo- perfectamente organizada para hacer el mal. Llegan, te la lían, te dejan la ciudad hecha añicos y (espero) se van. ¿Quién paga todo esto?

Yo he tenido que ir a buscar a los chavales, andando, al cole, donde jugaban o estaban tranquilamente con sus amigos. Les he traído a casa, con muchísima precaución, cuidando de ir por calles adyacentes para evitar a la jauría enardecida que bajaba jaleando sus consignas, una vez consumadas sus tropelías en mi barrio y dirigiéndose hacia abajo, hacia la zona del Ayuntamiento creo que iban. Eran las nueve de la noche. Antes, había acompañado a mi suegra hasta su casa, utilizando también recovecos porque su calle, una de las arterias de Rekalde, era centro de la atención de los alborotadores, las sirenas sonaban continuamente y se producían carreras cada poco tiempo cuando veían que una solitaria furgoneta de la Ertzaintza subía hacia ellos. Curiosamente, al llegar a la altura de alguno de los grupos que se formaban, me daba la impresión de que disimulaban como si la cosa no fuera con ellos.

Después de ocuparme de mi suegra y de los críos, he acompañado a una compañera de trabajo de mi mujer que no podía llegar a su casa, también en Rekalde; al pie de su portal han quemado un contenedor, y la Ertzaintza había dado aviso a los vecinos del bloque de que bajaran las persianas. Después de un buen rato, cuando se apaciguaron las llamas, la madre de esta chica se encontró su terraza llena de hollín ¡en un 6º piso! Durante el corto trayecto hasta ese portal he visto más contenedores volcados, vidrios rotos por el suelo, un portal con la cristalera hecha añicos, restos de material de obra utilizados como combustible de un fuego que aún ardía en mitad de la calle, media calle a oscuras, gente apostada en la acera junto a un bar y que no sabes si observa, vigila, toma algo y se ríe o se lamenta como tú. Antes, cuando bajaba hacia el centro, un grupo de niños jugaba con un balón, ignorante del monumental lío que se estaba formando a escasos 200 metros de donde ellos estaban, mientras sus padres tomaban algo en una terraza cercana, mezclados con alguna pareja rastafari que se tomaba un respiro en su vandálica jornada.

Da miedo pensar en lo que puede llegar a ser esto con motivo de los devastadores efectos de la crisis, cada vez más atroces; estoy pensando en las manifestaciones que está habiendo ahora mismo en Grecia, imaginaos lo que puede ser aquí.

16 mar 2011

Sobre el comportamiento de los padres en el fútbol

Al hilo de lo que me sugería un amigo de leer el artículo de la pág. 72 de El Correo de hoy 16 de marzo, y desde mi propia experiencia como padre de futbolistas en edad escolar, permitidme una reflexión:

En primer lugar, es cierto que en demasiadas ocasiones los comportamientos de los padres, o de algunos padres, son desmedidos e inadecuados. Con frecuencia ofensivos para los árbitros, provocadores hacia los padres o seguidores del equipo rival, y en alguna ocasión hostil hacia todo lo que no casa con su particular, subjetivo e inicuo punto de vista. Lo he vivido y lo vivo una semana sí y dos o tres no, un porcentaje al menos preocupante. También es cierto que tendemos en este aspecto a ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio; es necesario hacer un ejercicio de introspección y darnos cuenta de que probablemente tengamos aquí un claro margen de mejora. Hemos de predicar con el ejemplo, nuestros hijos serán en parte como lo somos nosotros ahora.

Ahora bien, dicho esto quiero decir que defiendo sin ambages que mis hijos practiquen fútbol, por las siguientes razones:

- Desde la edad escolar muy temprana, porque se fomenta el compañerismo, el espíritu de sacrificio, se aprende a convivir con la derrota y se experimenta la (modesta) gloria, a su nivel pero que para ellos es enorme.

- También se pierde el miedo a desnudarse en público, por ejemplo. He conocido casos de extrema timidez, y de este modo se asume como natural el hecho de estar desnudo ante los demás, compartir unas instalaciones y gestionar un escaso tiempo que es de todos.

- Se acata la disciplina. Se han de aceptar unas normas. Si te equivocas deliberadamente, serás sancionado.

- Por supuesto, este ambiente te mantiene alejado de otros más perniciosos, y en unas edades generalmente proclives a ser influido por indeseables.

- La derrota. A veces pueden estar unas horas rumiando su decepción. Es preciso dejarles interiorizarla y ver cómo después, pasado un tiempo, recobran su manera de ser habitual, ocupándose de otros asuntos o buscando otros juegos o compañías o diversión. ¡Eso también es relativizar el fútbol!

- Posteriormente, se va madurando. A medida que crece el cuerpo y su fuerza ¡tremenda! también se aprende a luchar con más ahínco. Llega la competitividad ¿es que en la vida no la habrá? ¡Si es una selva! Pero, sin llegar a esos extremos, se ha de luchar por ganarse un puesto. Volvemos a lo mismo: sin esfuerzo no hay recompensa.

- El afán de prosperar y de labrarse un futuro dentro del fútbol es legítimo. Pero sin perder la convicción de que, a estas edades, es primordial no dejar los estudios.

- ¡Es un juego fabuloso! Al que le guste de verdad, nunca se cansará de verlo. En él no está todo inventado, pese a lo que se diga. Siempre habrá un duende que te embruje, un requiebro nuevo, un disparo como nunca hayas visto, una derrota al poderoso o una pizca de magia en este deporte sin par. Quiero reivindicar el fútbol. ¿Y por qué no?

Hasta ahora, salvo en alguna ocasión aislada, y a pesar de las batallas más o menos duras que hayan vivido en los terrenos de juego, con mayor o menor intensidad, importancia o injusticia, he visto a mis hijos, al finalizar su partido, dar la mano a los rivales y al árbitro, por lo que me he quedado satisfecho. Cuando no lo hacen, les pregunto por qué. Hasta ahora siempre me han dicho que ha sido el otro quien se la ha negado. Si descubro que son ellos quienes lo hacen, les reprenderé.

Está claro que los últimos tiempos nos empujan a todos a interiorizar que un futuro como futbolista supone la eliminación rápida y definitiva de los problemas económicos, en un mundo cada vez más condicionado por la tenencia de dinero. Es labor de todos no perder el norte, y transmitir a nuestros hijos que la felicidad no está ahí. O que puede que sí, pero que a lo mejor no. Ni la suya ni la nuestra, sobre todo si no alcanzan las expectativas que nos generan.

Por cierto, mientras escribo este artículo me han recomendado la lectura del de El Correo desde el club de fútbol de mi hijo mayor. Algo bueno dice en su favor entonces, ¿no creéis?

Por último, os paso (a ver si consigo que se vea) un estupendo vídeo que habla de ello. Que lo disfrutéis.



Seis Contra Seis por iurgic

31 dic 2010

Un hombre, un gesto

Sucedió en 1990. Era verano. Circulábamos apaciblemente, a primera hora de la tarde; iba con mi madre a visitar a mi tío enfermo, que estaba en Cruces. De repente, al llegar a una curva a izquierdas, un BMW se nos echa encima. Empieza a zigzaguear y veo que pierde el control. El impacto es tan fuerte como nunca había conocido. Veo salir volando la luna delantera del coche, en un ¡plop! inaudito. Mi madre, despatarrada en el asiento del copiloto, brazos y piernas al unísono queriendo apuntar al infinito. Yo, sujeto todo lo que podía al volante, aguanté el impacto. Un BMW contra un Ford Fiesta. Lo primero que le digo es ¿estás bien? Ella me dice que sí, pero se echa la mano al hombro derecho, con gesto contrito. Clavícula y esternón. Luego me recordó que yo le había dicho que se pusiera el cinturón, al salir de casa.

La Ertzaintza tardó en llegar. Eran los albores del Cuerpo. Cuando llegaron, un agente muy joven aún me miraba raro porque le sugerí que si se hacían controles de alcoholemia en estos casos. Aún aturdidos, un coche paró. Era un señor mayor, con apariencia cabal. Hizo lo que se puede esperar de alguien juicioso en estos casos: preguntó si podía ayudar, y se ofreció para acompañar a mi madre a casa, nuevamente. También nos dio sus datos por si hacían falta. Y vaya que si sirvieron. Fue el testigo principal en el juicio. Gracias a él, indemnizaron a mi madre y a mí me arreglaron el coche, no nos dieron la limosna que se da por mandarlo a achatarrar.

Hoy, tomando la última antes de ir a casa a mediodía el día de Nochevieja, le vi y sentí que le debía un testimonio de gratitud. Él no me conoce, pero yo no le he olvidado.

Gracias, señor Maniega. Aquí me tiene para lo que me necesite.

6 oct 2010

Alhambra: ¿elegía? ¿exégesis? ¿oda?

12 años de tu vida. Una vida de 12 años.

Álvaro tenía dos años y medio. Le encantaba ir en coche; para entonces había conseguido que dejara de protestar y –quizás porque aprovechaba el hecho de no llevar airbag delante en el ZX- al ir mirando hacia delante, podía disfrutar del paisaje. Para él, todo ZX que veía e identificaba por la calle era “¡iguaaal! ¡iguaaal!“, y por ende, nuestro coche era “el coche igual”.

Por aquel entonces, David tenía un año recién cumplido. Ni siquiera yo tengo noción de su experiencia con ese nuestro anterior vehículo. No tengo recuerdos, casi, vinculados con los niños, más que con nuestro Seat Alhambra. Era noviembre de 1.998, y más por curiosidad que por otra cosa, me acerqué una tarde al concesionario de Lejona. Y allí estaba él. Soberbio. En la sombra, como apartado. El joven vendedor me iba enumerando las excelencias con las que contaba, pero yo me las sabía todas. Al llegar a casa, sólo le dije una cosa a Pili: “si tú quieres, nos lo quedamos”.

El Alhambra nos ha acompañado durante todo este tiempo en el que hemos sido no sé si felices, pero hemos sido una familia. Hemos viajado en los tiempos de ocio, de hacer grupo. Hemos vivido, dentro de él, sonrisas, ilusiones, ratos de solaz y también de cansancio, cómo no. Pero siempre con una meta identificable con ocio, con bienestar, con lo que uno cree que es sentar las bases, los cimientos, de una estructura fuerte, fuerte, como es la familia. Casto también estuvo allí. Y Jacinta, claro.

Y él nunca nos ha pedido nada, nada más allá de un poco de combustible –bien poco-, un poco de atención y algún remiendo que otro, más frecuentes a medida que pasaban los años. Pero era noble, noble hasta para decirme hasta aquí, cuidado que esto ya no. Pero, caramba, ese hasta aquí daba mucho juego, vaya que sí. Recuerdo mi primer viaje a Zaragoza con él, cuando al llegar ¡de pronto! a la salida de la misma Zaragoza me di cuenta de que, a pesar de todo su equipamiento, su verdadero poder estaba en un formidable motor, un propulsor como nunca había conocido.

Mi hermano Toño dice que los coches tienen alma. No sé si eso es así, pero sí creo que tienen un comportamiento. Y no por cómo es él –el coche-, sino por cómo soy yo con él. Hablo de simbiosis. De fluir la conducción. Hablo de sentir, de intuir, de adivinar, de prever, de saber el comportamiento, la conducta, del bicho cuando tú le tratas. Esa suavidad en el ronroneo y la respuesta inmediata a nada que oprimes el pedal. Ese exigirle a veces, con decisión, y darte generoso lo que lleva dentro, que es mucho. Esos calentones por autopista, con los tuyos pendientes de otras cosas que no tienen nada que ver, alborotando ignorantes de tu intensa experiencia.

Hoy, al aparcarlo por última vez, vi que quedaba allí, sereno, presto, leal como siempre. A pesar de que yo me iba para no volver. Era como una especie de traición.

Nunca te olvidaré, viejo amigo.